Hace poco, mi hijo menor me preguntó si no me gustaría tener un carro de superlujo. Tal vez un Porsche o un Audi de alta gama. A él tal vez le gustaría tener un Ferrari, andando la vida. Y no descarto que lo vaya a lograr porque está muy enfocado en qué tiene que hacer para lograr esa y otras muchas metas.
Yo le contesté que no, que no necesariamente, que tal vez adelantaría el carro que tengo por un modelo 5 o 6 años más reciente, pero no necesariamente un auto de agencia o de alta gama. Porque, aunque ha salido bastante bueno, ya acumula su buen kilometraje y algunos años de uso.
Bueno, añadí: “Tal vez tener un pequeño Miata… en cuanto pueda subir y bajar cómodamente de uno, es decir, bajando más de peso”, concluí.
Me preguntó si no me gustaría tener ropa de marca, hacer más viajes, comprar más lujos. Un iPhone del más reciente, un traje de Hugo Boss, ir de vacaciones a un hotel de marca en Cancún.
Le dije que, en un sentido sí, por supuesto que me gustaría tener una vida con más satisfacciones y placeres, sobre todo si puedo compartirlos con él y sus hermanos, pero también le dije que “no todo vale lo que puede llegarte a costar”.
Un buen teléfono inteligente no requiere ser el último modelo de Apple para ser bueno; ya he tenido y usado trajes de Hugo Boss, pero tal vez ahora preferiría unos hechos a la medida; ir a Punta Cana puede ser igual de caribeño, pero más natural y económico que ir a un resort all-inclusive de la Riviera Maya. Hay opciones en las que no necesariamente las marcas bastan para hacerlos mejores.
“Hay cosas que son más caras que el simple dinero que pagas por ellas”, le dije. Y hay momentos de poner todo en la balanza. ¿Qué estás dispuesto a hacer? ¿Qué podrías desear? ¿Qué tienes que hacer para cumplir esos deseos? ¿Cuánto te costaría tener todo eso que quieres? ¿En dinero, en tiempo, en afectos…?
Para mí, una ida al cine cada semana, leer un libro nuevo a la quincena, poder ir al supermercado con los hijos sin temor a la cuenta final y ver a los amigos de cuándo en cuándo son pequeños lujos cotidianos. Me gustan esos niveles de placer frecuente.
Por supuesto que sé que todo lleva a un cierto costo. El no poderme negar a darles ciertas cosas me ha hundido en deudas que no siempre puedo satisfacer con el ritmo y plan que habías considerado. A veces tardan más, cuestan más o no logro resolverlas del todo bien. Pero… tal vez por eso me ve más austero ahora que antes.
Del otro lado, algunas decisiones en que sé que hice lo correcto, aunque han pasado costos muy altos. Ha sido complicado tener que aceptar algunas circunstancias derivadas de algunas decisiones que he tomado en la vida. Pero también sé que, siendo elecciones libres y por decisión voluntaria, sabiendo que podían tener ese costo, haberlos hecho así me hace aceptar sus consecuencias.
¿Debo hacerlo correcto en todo momento? Sí, al final de cuentas es parte de la filosofía estoica que estudio y me gusta tratar de aplicar en la vida real. Del otro lado, también hay momentos en que siento que el costo me agobia, que es pesado, que a ratos hacer lo correcto se ve mal por todas partes.
Ni modo. Tendré que seguir poniendo las cosas en la balanza y hacer en todo momento lo que es correcto. Siempre valorando la posibilidad de estar equivocado y cambiar, pero optar siempre por hacer lo correcto. Y esta es una bonita reflexión para un domingo donde esta sensación se fortalece.
Hay que hacer lo correcto, más allá de los costos y más allá de que el público, de que la mayoría de la gente no esté conforme con tus decisiones. A poner todo en la balanza y evaluar los motivos y las causas. Y claro que me gustaría pasear a mi hijo en mi Miata nuevo, mientras vamos al aeropuerto a nuestro siguiente viaje improvisado.
Aunque, por ahora, solo sean charlas interesantes en mi auto no tan nuevo.
Cine. Sin él no estoy a gusto.
Lo confieso: soy un cinéfilo irredento. Una de mis primeras citas siempre suele ir al cine. Compartir una experiencia sensorial, predominantemente visual, con alguien (y con una multitud en la sala) y luego hacer una charla sobre lo compartido en esa experiencia suele ser una buena señal de la persona con quien compartiste eso.




Saludos, Gonza. Qué complicado es resistirse a la presión social, sobre todo en lo que se refiere a los lujos: vestir como los demás, usar autos más caros que ellos. Siempre hay una carrera por impresionar al vecino. Felicidades a quien sienta que esa es su forma de medir el éxito.
Para mí, que tengo gustos más sencillos, el éxito y la felicidad son más subjetivos. Son cosas simples: irme a dormir satisfecha de no haberle robado a nadie, de no haberle hecho daño a nadie, de haber hecho lo mejor que he podido para cuidar a mis hijos y a mis padres. He dado mi mejor esfuerzo en mi salud, mi escritura y en que nunca falte la comida en la mesa ni un techo donde vivir. No necesito muchos lujos.
Aunque mucha ropa de lujo es hermosa, en palabras de mis hijos cuando veían a sus amigos en la secundaria vistiendo la última moda, “nosotros no necesitamos parecer La Sección Amarilla andante para ser felices”.
En cuanto a lo correcto, desgraciadamente a veces parece subjetivo. Algunos consideran que lo correcto es darlo todo por la familia: conseguir un trabajo mejor, desvelarse más. Una vez mi suegra me dijo que debía sacrificarlo todo, incluso mi propia felicidad, por mis hijos. En ese momento lo creí, pero me di cuenta de que me olvidé tanto de mí que me hice tan pequeñita que casi no quedaba nada. Prometí que no volvería a olvidarme de mí.
Entiendo que nos encantaría darle todo a nuestros hijos y que no les falte nada, pero eso no significa llevarlos a la escuela en un Lincoln o en un Ferrari. No necesitan un iPhone para presumir a sus compañeros, aunque sus amigos lo tengan. Recuerdo que una prima le decía a una tía joven, justo cuando su niña, primita nuestra, empezaba la secundaria: “Tía, recuerda que tienes que darle armas para la vida, que vista ropa buena, bonita y elegante”. Pensé ¿que esos son los valores que la niña necesita para enfrentar la vida: vestir cosas caras para ser aceptada por sus compañeros?
Yo estudié en la misma escuela secundaria y siempre fui el “frijolito en el arroz” porque no vestía ropa fina, ni tenis de marca, ni era rubia como muchas de ellas. Además, era hija de padres divorciados en una escuela católica. Sin embargo, jamás deseé ser como ellos. Por eso decidí que lo que tengo dentro del corazón sería más importante que lo que tenga en la cartera.
Qué bueno que sigas firme con tus convicciones y con lo que para ti es lo correcto. Cuando tus hijos empiecen a trabajar y ganar dinero, espero que tomen en cuenta eso y no gasten más de lo que ganan para complacer a gente que ahora se llama amiga, pero que cuando la cartera no esté llena dejará de serlo.
Ojalá tengan discernimiento para reconocer quién tiene un alma de oro y quién tiene su alma puesta en el oro.
Un abrazo de unicornia.