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Avatar de Hannelore Adler Gailwain

Saludos, Gonza. Qué complicado es resistirse a la presión social, sobre todo en lo que se refiere a los lujos: vestir como los demás, usar autos más caros que ellos. Siempre hay una carrera por impresionar al vecino. Felicidades a quien sienta que esa es su forma de medir el éxito.

Para mí, que tengo gustos más sencillos, el éxito y la felicidad son más subjetivos. Son cosas simples: irme a dormir satisfecha de no haberle robado a nadie, de no haberle hecho daño a nadie, de haber hecho lo mejor que he podido para cuidar a mis hijos y a mis padres. He dado mi mejor esfuerzo en mi salud, mi escritura y en que nunca falte la comida en la mesa ni un techo donde vivir. No necesito muchos lujos.

Aunque mucha ropa de lujo es hermosa, en palabras de mis hijos cuando veían a sus amigos en la secundaria vistiendo la última moda, “nosotros no necesitamos parecer La Sección Amarilla andante para ser felices”.

En cuanto a lo correcto, desgraciadamente a veces parece subjetivo. Algunos consideran que lo correcto es darlo todo por la familia: conseguir un trabajo mejor, desvelarse más. Una vez mi suegra me dijo que debía sacrificarlo todo, incluso mi propia felicidad, por mis hijos. En ese momento lo creí, pero me di cuenta de que me olvidé tanto de mí que me hice tan pequeñita que casi no quedaba nada. Prometí que no volvería a olvidarme de mí.

Entiendo que nos encantaría darle todo a nuestros hijos y que no les falte nada, pero eso no significa llevarlos a la escuela en un Lincoln o en un Ferrari. No necesitan un iPhone para presumir a sus compañeros, aunque sus amigos lo tengan. Recuerdo que una prima le decía a una tía joven, justo cuando su niña, primita nuestra, empezaba la secundaria: “Tía, recuerda que tienes que darle armas para la vida, que vista ropa buena, bonita y elegante”. Pensé ¿que esos son los valores que la niña necesita para enfrentar la vida: vestir cosas caras para ser aceptada por sus compañeros?

Yo estudié en la misma escuela secundaria y siempre fui el “frijolito en el arroz” porque no vestía ropa fina, ni tenis de marca, ni era rubia como muchas de ellas. Además, era hija de padres divorciados en una escuela católica. Sin embargo, jamás deseé ser como ellos. Por eso decidí que lo que tengo dentro del corazón sería más importante que lo que tenga en la cartera.

Qué bueno que sigas firme con tus convicciones y con lo que para ti es lo correcto. Cuando tus hijos empiecen a trabajar y ganar dinero, espero que tomen en cuenta eso y no gasten más de lo que ganan para complacer a gente que ahora se llama amiga, pero que cuando la cartera no esté llena dejará de serlo.

Ojalá tengan discernimiento para reconocer quién tiene un alma de oro y quién tiene su alma puesta en el oro.

Un abrazo de unicornia.