Hay quien dice que desde el miércoles “estoy muy misterioso”. Y la entrada de ayer no ayudó a calmar las cosas, sino que las amplificó un poco.
“Es que dejaste muy críptico el mensaje”, “no sabemos qué querías decir o a quién se lo decías”. Entiendo su preocupación y sus dudas, pero ¿qué creen…?
Sucede que a veces hay que hacer lo correcto, ya lo decía ayer, y a veces eso tiene un costo muy alto. Emocional, monetario, en cargas emotivas, de distintas formas… pero a veces es lo que tienes que hacer. No importa el costo, no importan las dificultades. Por supuesto, los efectos pueden tardar en verse, pero los costos son inmediatos.
Como en los célebres carteles que suele utilizar el gobierno cuando hace alguna obra pública, “las molestias son temporales, los beneficios son permanentes”. Y sí, la verdad es que eso suele ser cierto.
Lo que luego no dicen es cuánto tiempo tarda la molestia y cuánto será el beneficio para que tú puedas amortizar la inversión, si ese costo de oportunidad vale la pena o si los costos hundidos son peores. Perdón, deformación profesional. Suelo no usar ese tipo de términos técnicos por acá.
Durante algún tiempo, uno de los campos en que me especialicé fue precisamente el de evaluación social de proyectos. Si algo vale la pena o no para una sociedad; si debe tomar un proyecto como viene o modificarlo. Incluso, iría un año a Chile a una capacitación con el máximo especialista mundial en el tema. (No se pudo; graves circunstancias nacionales y limitaciones personales).
Luego me moví más hacia el análisis económico del derecho, y allí hice un par de “travesuras” que benefician a millones de personas con muy bajo costo para cada uno de los involucrados y con beneficio social amplio. Si bien hubo quien se molestó mucho y protestó, la verdad es que fueron muy pocos los afectados en comparación con el beneficio social que se obtuvo. Y las amenazas fatales que recibimos no pasaron de ser unas cuantas bravuconadas.
Pero esa es de otra etapa de mi vida.
Aquí el punto es si tengo que hacer lo que tengo que hacer, a pesar de lo mucho que cueste o lo difícil que sea. Y eso no siempre es “sí”. El punto es que ya empecé y es difícil cambiar de rumbo.
¿Qué tengo que hacer y cuál es la acción que tomamos? No se los puedo comentar en este momento. Más bien, hasta que vea qué resultados genero, si hay que hacer algún ajuste, si la tarea se puede mantener a lo largo del tiempo o si hay que reevaluarla o replantearla muy pronto.
Ya sé que suena a un “misterio misterioso de secreto secretoso”, pero ni yo mismo tengo muy claro lo que viene, a raíz de la falta de información y la incertidumbre. Y esas cosas, como saben, no fluyen al ritmo que quieres ni con la profundidad que necesitas. Creo que justamente ese es el mérito de profesiones como la de economista: tomar buenas decisiones en ambientes de información incompleta entre asuntos múltiples de importancia diversa.
Y confiando en que podrás corregir si algo sale mal.
En fin, queda todo muy misterioso. Y aún no puedo contarles por qué, tampoco. Les recomiendo no dejarnos de leer todos los días, particularmente en estas últimas semanas de agosto, porque menos de lo que esperan puede haber alguna señal adicional de qué traemos entre manos y qué está pasando.
Mientras tanto, si me ven y me reconocen, no digan nada: ando de encubierto… Shhh…
Y allí vamos de nuevo…
Este fin de semana ha estado marcado por hacer exactamente lo que la gente me pide hacer. Y hemos descubierto que es la mejor manera de arruinar las cosas. “Deja, yo lo hago” se vuelve un “¿y por qué no ayudas?”. El “no vengas, no hay espacio” se transforma en un “¿Y por qué no veniste?”. Y el “eso no es contigo” se vuelve el “¿No lo ibas a hacer tú?”.



