Y se hizo el silencio.
Una triste historia y una reflexión sobre la Cuaresma.
Y que andamos en Cuaresma. Se los comenté desde el miércoles pasado. Dije en ese texto que, además del ayuno estricto de ese día y del Viernes Santo, trataría de hacer algunas prácticas adicionales esta Cuaresma.
Hice el compromiso en público por dos razones: sentirme obligado a cumplirlo y dejar un testimonio para mis hijos. Que sepan que el no forzarlos a hacer lo que hago yo, o mi manera de entender ciertas prácticas, no los obliga a ellos a hacer lo mismo, pero sí les puede servir como un ejemplo que intento, al menos, “vivir lo que predico”.
Hace poco murió un señor cercano a la familia. De profesión, Pastor. Sus hábitos: borracho y golpeador. De formación, poca: aprendió haciendo, entiendo que imitando al abuelo, porque el padre no era muy religioso. Más bien, el padre era afín a ideas liberales y ateístas incluso. Sí: tener un padre Pastor hace que termines amando u odiando la religión. Y entiendo que el padre de esta persona era casi hereje, liberal, masón y comunista (todo a la vez o por etapas, no me queda claro). Y todo por oponerse al rol tradicional.
Pero su abuelo fue ejemplar para él. Le regaló su primera Biblia. Le enseño a navegarla. Lo capacitó para hablar en público. Le dio un medio de vida y la posibilidad de formar una familia y mantenerla. Y el abuelo se volcó con el nieto de una manera que no lo hizo con el hijo. Pero el joven entendió que una cosa es decir y otra hacer; y al decir, decía muy bien y tenía abundante feligresía; el hacer, el hacer… eso era otra cosa y parece que nunca hizo lo correcto.
No es de sorprender que el hijo de este Pastor con ánimo de boxeador (en casa) y de gran orador (tanto en el significado de “oración” como en el de “hablar en público”), sea también distante de la religión. Participa ocasionalmente, pero en ritos de otras iglesias, no en la de su padre. Entiendo que aceptó que le hicieran misas gregorianas al difunto, sabiendo que despreciaba al catolicismo y sus ritos. Una última venganza, pues.
No dudo que a sus propios hijos los convenza de vivir libremente, sin restricciones ni tapujos, incluso fomentando conductas que podrían escandalizar al padre. Que tenga hijos de la diversidad sexual. O furros (personas que se visten o disfrazan como animales). E, incluso, que los estimule a subirse a la tendencia Therian (personas que se identifican con animales y actúan como tales).
Sé que ese tipo de dilemas no lo tenemos en la Iglesia Católica. Dado que nuestros sacerdotes no se pueden casar, no pueden tener hijos. A menos que sean vocación tardía, lo que implica que sean, al menos, viudos o sin hijos conocidos. Por eso, cuando algunos casos se dan a conocer, generan escándalos más fuertes.
El colmo es el de aquel célebre fundador de una orden, ponderado y querido por el Papa por sus grandes aportes en vocaciones y dinero, que acabó sabiéndose no solo que abusaba sexualmente de sus seminaristas, sino que tenía varias esposas y abusaba de sus hijos también. ¿La sanción? Dejar la dirección de la orden, un voto de silencio y la prohibición de celebrar misas en público. Y pensar que se merecía los peores tormentos avalados por la Inquisición una y otra vez. Pero no. Es una de nuestras mayores vergüenzas como Iglesia.
En fin. Que hoy no hubo ni música ni tele en esta casa. Por eso “se hizo el silencio”. Ya el miércoles nos tocó no oír nada en el carro. Y, aunque sorprendió a mi hijo, se hizo eco del hecho. Ni música ni tele ese día. Y lo vi comer… solo. Ya les dije por qué. Pero lo más sorprendente: aceptó mi decisión, me pidió llevarlo a tomar ceniza y me dijo que le gustó el día. Que no se le hubiera ocurrido hacer eso, pero que le gustó.
Disto mucho de la perfección. Al menos intento hacer las cosas bien. Y si logro transmitir con el ejemplo algunas de las ideas que vivo, voy de gane. Más de uno me dirá, y con razón, citando el Buen Libro: “Si dices que lo haces, pierdes el mérito de hacerlo”. Sí, tienen razón. Pero si todos nos guiáramos por ese principio, posiblemente el mensaje no hubiera pasado de los 12 apóstoles (bueno, 11, que uno falló garrafalmente). Y creo que el matiz está en decir que eso es lo que se hace y por qué, y no en decir que “qué bien lo hago, apláudanme”. Hoy a lo que más aspiro es a no generar en mis hijos un rechazo total a lo que creo y vivo, por mis incongruencias.
Y, en eso, opino que ahí voy.
Por cierto, acá el texto del miércoles, que parece que gustó mucho. Gracias a quienes lo leyeron, comentaron y compartieron. Y a los que me hicieron llegar sus comentarios y sugerencias. Gracias, en verdad.



Un compromiso:
para romper patrones,
dar el ejemplo.