Aquí hay uno con ayuno.
Creo que es una práctica que se entiende mal.
Hoy es Miércoles de Ceniza. Uno de los dos días en que los católicos (y otras denominaciones cristianas) practicamos un ayuno ritual. El otro es el Viernes Santo, en conmemoración de la muerte del Señor. Pero llama la atención que distintas religiones tienen restricciones temporales de ciertas comidas o ayunos completos ciertos días del año.
Es curioso que la expresión religiosa de buena parte de la humanidad contenga eso. Por ejemplo, ayer inició el Ramadán. Durante este mes sagrado, los musulmanes no pueden comer, beber (ni agua), fumar o tener relaciones sexuales durante las horas en que el sol está a la vista. Empieza con el amanecer y termina al ponerse el sol. Adicionalmente, tienen que cuidar de no enojarse, controlar las pasiones y los impulsos inadecuados de todo tipo. Claro que hay otras restricciones para la comida: por ejemplo, el alcohol está prohibido en todo momento.
Los judíos tienen dos días de ayuno severo, de 25 horas cada uno. Uno es en el Día del Perdón (Yom Kipur) y el otro es en la conmemoración de la destrucción de los dos Templos de Jerusalén, el Tishá BeAv. Además de tener ayunos rituales menos estrictos, en cuatro ocasiones al año, que aplican desde que sale el sol hasta que salen las estrellas. Es decir, durante las horas del sol.
Para los budistas, el Uposhata es un ayuno ritual para los laicos, en que se suspende la comida sólida desde el mediodía hasta el amanecer del día siguiente. Suele hacerse ocho ocasiones al año, siguiendo las fases lunares. Para los monjes aplica el mismo horario, pero solo pueden tomar agua simple en ese periodo. Además, está la práctica de Nyunge, que se hace voluntariamente y abarca dos días en que no se come ningún alimento, se restringe el horario para beber agua y tampoco se puede hablar.
En fin, viendo que las principales religiones recomiendan algún tipo de ayuno, debe tener algún tipo de función fisiológica y espiritual.. Hoy, es una práctica recomendada por algunos médicos y asesores de entrenamiento. Por ejemplo, hay quienes recomiendan no comer nada sólido mientras haya sol; otros que recomiendan desayunar y luego cenar, con al menos 12 horas entre un alimento y otro. No falta el que propone 16 horas sin comer.
El ayuno más radical que he intentado es el de comer una sola vez al día, ya que se pone el sol y tres horas antes de acostarse. Durante esa hora, puedes comer de todo y sin medida. Pero solo durante una hora. Seguí el protocolo durante un mes. Empecé un lunes. El primer miércoles traía un genio, un hambre y una “niebla mental” muy severa. Pero para el viernes estaba más activo, más despierto, con una agudeza mental y sintiéndome excluido: como no iba a comer ni beber con los compañeros de oficina (a veces los acompañaba, pero “ver comer sin comer” no es agradable), me perdí de mucho. Y como tenía al menos de dos a tres horas diarias libres (una de desayuno y dos de comida), podía avanzar en el trabajo más que nadie.
No obstante, el colmo fue una de esas noches que salimos casi a las 4 a.m. para regresar a las 9 a.m. Como nadie pudo salir a comer, el único que no estaba enojado por el hambre era yo. Alguien propuso ir por unas tortas cubanas “riquísimas pero enormes”, para ya calmar los ánimos. Calculó media torta por persona, y cada una pesaba como kilo y medio. Trajeron algunas de más, por si algún valiente quería otro poco. Y justo regresó el mensajero a la hora de mi cena (9 p.m., ya que cenaba de 9 a 10 y me dormía a la 1 a.m.). Algunos no terminaron ni su mitad. “Es demasiado”. Un tragón se animó a pedir otra mitad. Yo me comí dos tortas enteras. Alguien que nos acompañó para el tema se sorprendió mucho: “¿Y esta boa, qué hace en su oficina?”. Y ya le platicaron que estaba comiendo una hora al día, pero sin restricciones. “Qué bueno que me avisan, para no venir mañana. No me vaya a devorar a mí también”. ¿El resultado? Bajé casi 9 kilos, tenía un ánimo y energía pocas veces vistos, fue uno de los meses más productivos en mi trabajo y me pegó en lo profesional “por aislarme tanto”. Comer tiene un fuerte componente social.
De aquí a los próximos cuarenta días, toca: no comer carnes rojas los viernes; ayuno total hoy Miércoles de Ceniza y Viernes Santo (bebidas sí se pueden, sin azúcar); aumentar los actos de caridad (en especial los que involucran dinero), alargar el tiempo de oración y procurar ser más atento. Este año, además, añadí no poner música ni televisión los viernes.
Pero recuerden: estar de ayuno ritual no implica sustituir las carnes rojas por pescados y mariscos, más caros y aparatosos que sus proteínas normales. No es ir a grandes comilonas, pero con carnes blancas. Es comer menos. Y donar lo que se ahorre a la caridad. Es comer conscientemente. Es dejar de “comer gente” con los chismes y cotilleos. Y tratar de ser mejores personas. Como en el Ramadán: son actitudes para todos los días, pero que sería prudente practicar más en estos tiempos de Cuaresma.



Me ha gustado mucho cómo conectas el ayuno ritual con algo más profundo que la comida.
A veces reducimos el ayuno a una herramienta metabólica, horas sin comer, autofagia, sensibilidad a la insulina y olvidamos que históricamente ha sido sobre todo un ejercicio de conciencia y autocontrol.
Tu experiencia de comer una sola vez al día es interesante porque muestra las dos caras, la claridad mental y productividad por un lado y el aislamiento social por otro. Eso casi nadie lo menciona y es muy real. Comer no es solo nutrirse, es pertenecer.
También me parece muy acertado ese recordatorio final, no es sustituir carne roja por un banquete de mariscos, es simplificar, reducir, donar y revisar actitudes.
El ayuno mal entendido se convierte en performance o en biohacking extremo. El ayuno bien entendido es disciplina con propósito. Y quizá esa sea la clave, no qué dejas de comer, sino qué estás intentando fortalecer cuando lo haces.
Gracias por traer el matiz espiritual y no solo el fisiológico. Esa parte también importa.
Día de ayunar,
haciendo buenas obras
y de corazón.