Y ayudar complica las cosas.
Pero es mejor hacerlo que no hacerlo.
Ayer les escribí sobre lo difícil que es estar sobrepensando todo. Hace que hasta las cosas más sencillas se compliquen.
Y, como otras veces, se me acabó el tiempo y el espacio disponible (de acuerdo a mis propias normas; no era grave si le movia al envío o a la longitud del texto, pero…). Asi que traté de cerrar el texto, aunque dejara pendientes.
Muchas veces mando los primeros borradores. Sin revisión o relectura. Creo que para este tipo de comunicación es lo ideal: que puedan leer como si estuviéramos juntos platicando. O bueno, como si me escucharan en vivo. La plática empieza cuando comentan, por correo o en la entrada publicada. Eso si: hago una lectura rápida para corregir errores de dedo o alguna falla de redacción. En otro tipo de textos (más académicos) si puedo retrabajar un párrafo hasta por dos horas, o una página dos días.
Pero a veces me equivoco y no me doy cuenta. Como cuando copio y pego textos de otra parte. Me pasó en una entrada: como la conexión al Internet estaba intermitente, di la instrucción de pegar y no la ejecutó. La repetí y lo pegó dos veces. Y no me di cuenta. No releí el texto porque venía de una fuente original. Así que… así se fue. En cuanto los lectores se dieron cuenta y me escribieron al respecto, lo corregí en la entrada. Un error. Mi responsabilidad. Listo.
En otra ocasión alguien me habló para pedirme un consejo sobre su cuenta de Amazon. Le di la asesoría posible por teléfono. No entendía. Me mandó hasta sus passwords para que lo hiciera yo. Pero resolver su problema no era tan importante como para suspender su paseo en una plaza comercial. Se oía una fiesta atrás. Le dije qué cambios iba a hacer, y me dijo que si. Le pedí que revisara su cuenta en casa, y que me marcara en cuánto lo viera. Tres dias y cero llamadas. “Ya quedó”, pensé. Dos semanas después, llamadas furicas e insistentes. Que “había destrozado su cuenta”. Que por mi culpa “ya no podia ver los libros que habia vendido, ni cobrar regalías”. Y que si “me traté de robar su cuenta y su dinero”.
En fin. A veces cometes errores. Y uno fue querer ayudar a alguien que no se ayuda a si misma. Que está buena para reclamar, pero no para agradecer. Y que rápidamente entra en modo paranoia, en que todo el mundo busca sabotearla. Pero no: en siete años ha vendido diez ejemplares de su libro. Eso no alcanza el umbral mínimo para recibir el primer pago de regalías. ESE es el problema.
Se los cuento porque me recordó aquella frase de uno de mis libros: “el cliente siempre tiene la razón. Pero no todo el que te compra es tu cliente”. Un cliente es un comprador recurrente, que te trata a ti y a tu producto como algo valioso. Quien se crea que puede maltratar a sus proveedores no es bienvenido en mi negocio. Y menos si se le hace como favor.


