Tradiciones familiares
Porque somos parte de una cultura, pero también individuos.
En la entrada anterior, Día de Muertos en México, les comenté cómo se dio el proceso de vinculación cultural entre la Iglesia Católica y las culturas americanas originales. No fue una “imposición completa” o un “genocidio”, pero tampoco se conservó intacto lo previamente existente.
El tema es que en el México contemporáneo se ha observado algo interesante: el 31 de octubre, verás a niñas, niños, jóvenes y bastantes adultos, disfrazados y “pidiendo su calaverita”, que no el “trick or treat” que acompaña el Halloween. No se hace por una creencia religiosa u ocultista, sino para disfrazarse, divertirse y gozar de la vida. Es una especie de “carnaval fuera de Cuaresma”. Y si bien muchos disfraces tienen que ver con la iconografía de Halloween (brujas, vampiros, momias y otros monstruos), también aparecen políticos, hadas, duendes, elfos, unicornios y todo tipo de figuras míticas. No es difícil ver personajes inspirados en películas, lo mismo villanos como Thanos y Darth Vader que personajes heroicos y “rosas” como Barbie y Ken.
Será el 1 y el 2 cuando se recorran los altares tradicionales, se vistan los panteones, se pongan los guisados y bebidas favoritas de los difuntos cuyas fotos adornan los mementos en su memoria.
Y, también, se disfrutan las artesanías creadas básicamente en barro o en cartón y que podrían ser arte efímero o, bien cuidadas, durar medio siglo. Como en este ejemplo:
Cabe destacar que esta es parte de la colección que, a lo largo de medio siglo, han ido compilando mis padres de esta hermosa tradición. Verán calaveras de cuerpo completo, cráneos gigantes, figuras “en acción”, sea un vendedor de pájaros, un buzo, un repartidor de gas, una banda de mariachis, algún borracho; mujeres elegantes y otras de la vida galante. Todo para recordarnos que “hoy estamos, mañana no” y que “la vida es un momento que hay que gozar”.
Además, claro, para el observador atento, verán que hay panes, refrescos, alcohol, tamales, mole; velas, inciensos, frutas y todo aquello que un visitante del más allá podría extrañar de esta tierra. Lo que sí olvidamos poner fueron cigarros o puros, tal vez porque nadie fuma en casa o tal vez porque no queremos recordarles a los que ya se fueron lo que pudo quitarles la vida.
Y aunque muchas piezas representan a personas concretas del año en que partieron —por ejemplo, la niña en el caballo de tiovivo es la hija de una amiga que murió de 12 años—, también cabe destacar que hay algunas genéricas en las cuales proyectar a los seres que amamos.
Y más porque en este último año fallecieron mis tíos Rubén, Jesús, José Antonio y algunos amigos y familiares, cuya memoria se recordó en esta ofrenda.



Que lindo tener presentes a nuestros antecesores. Hermosa tradición.
Me encantaría vivir esa experiencia.