Solo humano. Nada más.
Y a veces, ni eso.
Ha sido una semana muy curiosa. Por distintas razones, he hecho textos más enfocados en temas personales, dolorosos y quejumbrosos, incluso en el que se publicó en la página de Hannelore Adler y en la publicación exclusiva para suscriptores de pago. Y, como era de esperarse, tuvimos varias bajas, muchas, en la lista de suscriptores. Como que compartir emociones tristes hizo que mucha gente se alejara. Sea porque esperan consejos profesionales, sea porque “no quieren contaminarse de emociones negativas”. Los entiendo.
Pero, curiosamente, disparó los comentarios, los correos, incluso generó llamadas preocupadas y bastantes suscriptores nuevos. Dos temas en general: amigos preguntando genuinamente si estoy bien y si pueden ayudarme en algo; y desearme que mejore, haciéndolo con propuestas de apoyo concreto. Lo que me hizo sentir bastante bien, la verdad.
Tal vez lo más sintomático es lo que dijo uno de los correos: “Me entristece leerte triste. Me pone triste también. Pero me doy cuenta de tres cosas: aún tengo empatía. Pensé que se me había perdido en algún momento. Segunda, que escribes muy bien. Lograste transmitirme las emociones, aunque sea un texto corto. Tercera, que no eres una inteligencia artificial. Expresas emociones y conflictos profundamente humanos. Bien allí. Te seguiré leyendo”. Pues sí. Soy solo humano. Y a veces, ni eso.
Y entonces me acordé de mi buen amigo, Ricardo Monroy. Una de las pocas personas con quienes he viajado y dormido en la misma habitación, sin ser de mi familia. El pobre tuvo que aguantar mis ronquidos. En fin. Un buen día llegó Ricardo a mi oficina y me pidió que parara todo. Acababa de salir el disco de The Killers, “Day & Age”. Me dijo: “Gonz, tienes que ampliar tu cultura musical. Suspende todo y escucha con atención este grupo”. Puso la canción “Human”. El coro dice:
Are we human
or are we dancers?
My sign is vital,
my hands are cold.
Y, además de los buenos arreglos, desde entonces esa canción me recuerda de cuándo en cuándo revisar si soy humano, o si bailo al son de las circunstancias, involuntariamente. Es más efectivo que un captcha para demostrar que no soy robot. Me pone muy de buenas. En especial el final. Los invito a revisar si hoy son humanos.
¿Y el ayuno?
Lo iba a dejar para después, pero como llegaron comentarios y correos preguntando, va un breve resumen: me dio un calambre, débil pero constante, en una de las piernas hacia las 6:30 p.m. (acabando los siete mil pasos del día). Un cierto mareo hacia las 8:45. Me hizo tener que recargarme en las paredes del baño para pasarlo. No estuvo padre. Pero tampoco fue grave.
Aun así… hacia las 9:30 p.m. me entró un foco y una claridad pocas veces sentidas. Pude hacer cosas más rápido y mejor que en otros momentos. La meditación de la noche fue muy buena. Pude escribir bien. E incluso sacarle hasta 20 km/lt al carro (que normalmente me da 12) gestionando mi manejo mejor que los Fórmula 1 nuevos. La teoría dice que pasé de “quemar azúcar a quemar grasa”. Cetosis, que le dicen. En resumen, valió la pena. El siguiente día de ayuno total es el Viernes Santo. Ya les contaré qué pasa entonces.



Aunque queramos
ser robots y no sentir,
somos emoción.