Estar triste es un derecho.
Pero no hay que ejercerlo demasiado.
Estos días me ha tocado lidiar con una racha de relativa tristeza. Desde proyectos que no salieron como esperaba… ¡Hasta proyectos que no salieron como esperaba! Pero el hecho de que sean en distintas pistas y por causas diferentes, es importante saber cómo se puede lidiar con ello. Porque estar triste es un derecho… pero uno que no debe ejercerse en demasía. De a poquitos, y ya con eso.
En el célebre poema “Reír llorando” de Juan de Dios Peza, el médico va sugiriendo diversos remedios para la tristeza de su paciente. Lecturas, bebidas, viajes, amores. Ante las constantes negativas para adoptarlos, el último consejo es que vaya a ver a Garrick, un cómico sin igual. “¡Yo soy Garrik…! Cambiadme la receta”, remata el enfermo.
Sí, de repente las personas creen que es obligación estar de buen humor todo el tiempo, tener buen trato para todos y animar a los que están tristes. Y sí, procuro hacerlo. Porque una abreviatura de mi nombre, Gonzalo, suele ser “gózalo”. Y vaya que trato de vivirlo de acuerdo con esa versión. Pero hay veces que no se puede.
En un texto que publiqué con Hannelore Adler, comento algunos motivos de esta ola de tristeza. Allí cuento lo más personal y pueden leerlo aquí. Pero en esta ocasión quiero comentarles un poco de lo profesional.
Como saben, uno de los retos de ser escritor es poder generar suficiente ingreso de la escritura. Es sabida la anécdota de que Ray Bradbury va a vender unos cuentos a Nueva York, gastando el poco dinero que le quedaba para pagar el viaje desde California. Para concentrarse al escribir, iba al sótano de la universidad cerca de su hogar y rentaba una máquina de escribir por 25 centavos cada cuatro horas. Ya había vendido algunos cuentos para revistas y un libro de cuentos, “Dark Carnival”, a la editorial Arkham House. El viaje a Nueva York era un salto de fe.
Llegó a la editorial Doubleday y le dijeron que le compraban novelas, no libros de cuentos. Dijo que no tenía nada al respecto; no obstante, su editor le propuso algo: reunir cuentos de un mismo tema y presentarlos de manera que fueran una historia. Aunque no estuvieran conectados directamente. Así surgió “Crónicas marcianas”, su primer gran éxito comercial. Y “El hombre ilustrado”, otra colección de cuentos relativamente conectados. Y se llevó dos cosas: la idea de escribir una novela —que los cuentos se vendían bien, pero por poco dinero— y la cantidad suficiente para comprar una casa en California. Nada mal para alguien que llevaba 10 años escribiendo cuentos y nunca había hecho una novela.
Por cierto, su primera novela formalmente escrita como novela, y no como antología de cuentos, fue “Fahrenheit 451”, publicada por Ballantine Books. Y su primera obra traducida al español fue “Crónicas marcianas”. Nada mal para alguien que escribe por casi 50 años un cuento a la semana… en seis versiones distintas. Una cada día, de lunes a sábado, para el séptimo día, releerlos y decidir cuál se queda y cuáles destruye.
Acá he intentado varias opciones: publicación independiente, Amazon, crowdfunding; páginas de patrocinio, preventas, asociaciones… Y no, ninguna ha funcionado del todo adecuadamente. Sí, he vendido algunos tirajes completos, de 50 o 100 ejemplares, e incluso se ha hecho una presentación en el Congreso del Estado de Aguascalientes… Pero nada como para vivir de ello.
Por eso a ratos incomoda tener que vender mi experiencia a ciertos clientes… Y ver que no están del todo conformes con el resultado. A veces, es algo que parece una tontería: hacer que todos los capítulos empiecen en una página par hace que queden “demasiadas hojas en blanco” en la versión digital y que no les gusten. Claro que son dos tipos diferentes de obras: el libro electrónico será continuo; en el impreso, sí se nota más elegante. Pero hacer esos cambios luego se complica en el software y parece que desarregla más de lo que compone.
O que me pidan que ajuste algunos detalles que no les convencieron. Por ejemplo, que se agregue una página en un texto. “Es para el capítulo 8. Tú sabrás dónde la pones”. Y entonces entra el rol de editor: ¿Basta con poner el texto, aunque parezca que no va bien allí, o de una vez le añado media página que construya un mejor puente? ¿Le pongo una frase final mejor, o lo dejo tal como lo pensó el autor?
En el primer libro que traduje profesionalmente, el primer borrador me tomó menos de un mes. La revisión con mi coautor, tres meses. Que lo validara el departamento de Centro de Lenguas (inconforme porque lo hicimos sin ellos) ocho meses. Total, un año para validar una traducción en la que solo pudimos aportar dos “notas del traductor”, una que nos tomó dos horas de pelea para decidir si la poníamos o no. ¿No era grave señalar un error del autor? ¿Sería peor dejarlo ir así? (Detalle: El autor decía que Aristóteles hablaba del precio del maíz, cuando en realidad hablaba del precio de los granos. Pero era una anacronía, ya que el maíz llegó a Europa tras el descubrimiento de América. Fue claramente una distracción, pero que había que hacer notar).
El resultado final fue que… nos autorizaron publicarlo en español. Eso, tras un año de negociaciones con la editorial inicial. Porque hicimos la traducción por mera curiosidad intelectual; pero a los editores ingleses les parecía una violación de su copyright y no algo insulso. Les confieso que me daba la impresión de que no creían que era el mejor libro de su catálogo y no querían hacer famoso al autor. Mala tarde, matador: aunque nos prohibieron venderlo fuera de México, no dijeron nada de que no podía regalarlo fuera de México. Y le di un ejemplar durante mi estancia en Santiago de Chile al entonces candidato presidencial Sebastián Piñera. ¿Lo mejor? Que alguna vez, siendo ya presidente, lo oí citar algo del texto, sobre Aristóteles y la teoría de precios. O sea, él o uno de sus asesores leyeron el libro y lo citaron, así fuera brevemente. Valió la pena el esfuerzo.
Sin embargo, sigo estando triste. Porque no se logra ganar lo suficiente escribiendo. Porque mis obras se han perdido en el tiempo. Acaso porque mi mayor éxito de ventas ocurrió siendo un escritor fantasma profesional. O porque sigo lidiando con autores que no han entendido que los músicos profesionales son desde los que se suben a un camión y limosnean unas monedas, como los que amenizan cual música de fondo restaurantes o bares, o los que se llevan a serenatas y eventos sociales, como los que llenan estadios durante meses en todo el mundo. Todos esos son músicos profesionales. Pero ellos, como los escritores, son un continuo que no siempre tiene un éxito garantizado. O, siquiera, que se puede ganar lo suficiente para vivir.
Y eso, así como los proyectos que se frustran a medio camino, es lo que me tiene un poco triste estos días.



Melancolía
cuando proyectos fallan,
ten paciencia y fe.
Está bien no estar bien. Cómo quisiéramos que todo fuera perfecto, a veces no es posible y todo parece del revés.
El reconocido violinista Joshua Bell tocó de incógnito en una estación de metro de Washington D.C. en 2007 con su Stradivarius de 3.5 millones de dólares, interpretando piezas complejas durante 43 minutos. De más de 1,000 personas que pasaron, casi nadie se detuvo. El experimento demostró que el contexto influye críticamente en la percepción de la belleza y el valor artístico.
Algún día, también encontrarás tu lugar y brillarás.
Si me dieran dinero por proyectos inconclusos, ya tendría más dinero por eso que por lo que he ganado escribiendo.
Justo ahorita que estoy migrando todo mi trabajo a Substack he descubierto que tengo proyectos estacionados desde hace más de 10-15 años... Ciertamente es "bajoneante" darse cuenta de ello, pero al mismo tiempo veo lo que sí he concretado y me siento bastante bien con ello.
El tema con las artes es que, en lo general, son actividades donde es difícil hacer una carrera: música, cine, teatro, escritura, pero lo que tienen en común todas ellas es que no hay edad para empezar/seguir/dejar de hacerlas, el chiste, creo yo, es no quitar el dedo del renglón y también recurrir a los clásicos: lo importante es el camino.