Peligro, escritor trabajando.
Esa imagen me ha seguido a tantos lugares…
A raíz de lo publicado este fin de semana, el sábado y el domingo, algunos lectores me preguntaron: “Y bueno, ¿de dónde sacas tantas ideas?” y “Si escribes tanto, ¿por qué no tienes más libros publicados?”. Y son dos preguntas diferentes y conectadas entre sí, junto con el tema que abordamos esos días.
A la primera pregunta: básicamente, de observar. Uno de mis pequeños grandes placeres es sentarme a tomar un café (con pan, preferentemente) y ver a la gente que va caminando. Imaginarme historias. Ya pasa una mujer con la bolsa para el gimnasio. Pero va en traje sastre. “Igual y se cambiará allá”. Y construyo toda la historia de su vida, al menos de manera descriptiva, pensando en que acabará siendo un personaje de una novela. Pero a los veinte minutos pasa de regreso, siguiendo a un señor alto, sudado, en pants… y ella cargándole la maleta con todo y su traje sastre. Entonces, surge la posible historia: es una asistente ejecutiva. O peor, víctima de una persona violenta y subyugadora. O igual simplemente olvidó poner la ropa de gimnasio en la maleta. Lo malo es que eso hace una historia muy pobre: prefiero el drama de que la pareja abusiva la sacó del trabajo para que le llevara su maleta del gimnasio. Sí, da más conflicto y una mejor historia.
Por mucho tiempo, cuando escribía en algún café de cadena o cafetería de barrio, sacaba el letrero de la imagen de hoy. En general, la gente se reía, o se sentaba lejos, o ambas a la vez. No faltó el que se acercó a preguntarme qué escribía, y traía algunos ejemplares en la maleta de la compu y se los ofrecí autografiados. Luego, intenté poner el “se venden libros aquí”, y me sirvió de muy poco. Pero mi mejor momento con mi cartel no fue ese…
Pero el punto clave pasó cuando, escribiendo en un café, a mi lado estaba un señor abusando verbalmente de su pareja. A lo que pude oír, el señor tenía una amante y la mujer lo había descubierto; pero en vez de aceptar la culpa y reconocer que había hecho algo mal, el señor insistía en tratar de culpar a la dama. “Si lo hice, es porque tú no sabes tenerme satisfecho. Y me cuestas demasiado tiempo y dinero como para vivir inconforme con mi vida sin poder hacer nada. La culpa de que yo tenga una amante es totalmente tuya… Y no me vengas con que no es cierto, porque te voy a golpear”.
Obvio, empecé a enojarme. No solo porque me parecía injusta la acusación, sino porque llevarla a un lugar público para confrontarla sonaba a una actitud planeada y perversa. Aun así, tampoco podía llegar como caballero de brillante armadura a salvar a la damisela en peligro, porque capaz que retoba al grito de “es mi marido y puede tratarme como quiera, no se meta, gordo metiche”.
Pero como tenía mi letrero de “peligro, escritor trabajando” y mi computadora tiene activado el sonido de máquina de escribir, subí el volumen al máximo y empecé a teclear más rápido. Con los ojos cerrados y todo. Y de golpe, volteé hacia el señor y le dije: “Perdón, ¿podría hablar más despacio? No alcanzo a escribir todo lo que dice, y justamente es lo que necesito para el villano de la historia que estoy escribiendo”.
El señor, indignado, me dijo: “Y usted, ¿qué se mete? Esto es entre mi esposa y yo”. “Bueno, está en un espacio público, una cafetería. Y yo aquí (señalando el letrero) le estoy avisando de que ‘todo lo que diga podrá ser incorporado al texto sin previo aviso’. Estoy escribiendo sobre un hombre abusivo y gandalla, incapaz de reconocer sus errores y que actúa injustamente, pero culpa a su esposa de ello. Y, la verdad, el diálogo que tengo me sonaba entre falso e increíble. ‘Nadie puede ser tan ojete’, pensé. Pero ahora que lo escucho imponer su historia a esta mujer, pues ya me di cuenta de que me estaba quedando corto. Aunque habla muy rápido y no puedo seguirlo. ¿Podría hablar más lento? A cambio, le prometo hacerlo inmortal y que se sepa su historia. Obvio, podemos usar o no su nombre… ¿Cómo me dijo que se llama…?”.
Me volteó a ver sorprendido. No se había percatado de lo que él estaba haciendo, y de que su anécdota era muy transparente, para todos. Poco a poco bajó la mirada. Me dijo: “Disculpe. No era mi intención ser gandalla y abusivo. No sé qué decir…”. Alegué: “No se preocupe, si quiere, ahorita le escribo un buen diálogo. Solo acláreme si va a pedir perdón o va a seguir culpándola a ella…”.
Se paró y salió cabizbajo. Al pararse para seguirlo, la mujer me dijo por lo bajo: “Gracias. Gracias, muchas gracias. Lo veo aquí el próximo martes, misma hora. Para agradecerle…”. Y solo me quedó imaginar el resto de la historia, porque no volví a ese café. Estaba lejos de mi zona habitual, y estaba allí por casualidad. O eso creía yo, hasta que…
A la otra pregunta, les contesto mañana.



Barbarazo Gonzalo, lo capturaste de tal manera que tuvo que recular 👏🏻👏🏻👏🏻
¡Cuidado: autor
de brillante armadura
en el teclado!