Errare humanum est.
Y la I.A. ayuda más a ello.
"Errare humanum est”. Equivocarse es humano, dice el aforismo latino. De un lado, para recordarnos que todos podemos tener errores y fallas. Del otro, para confirmar la supremacía de la divinidad: si algo es perfecto, lo hizo un dios. O un “genio”, alguien con fuerte presencia divina.
También nos han dicho que una de las grandes ventajas de la época actual es poder ser un “nómada digital”: poder estar en cualquier lugar que tenga Internet y desde allí trabajar. Sea el transporte público o un barco en el Ártico; estés parado en el auto o atrapado en el escritorio de la oficina.
Les confieso que la primera vez que viví eso fue porque el jefe quería que regresara a la oficina; yo iba camino a ver un cliente y estaba atrapado en el metro; me enfrenté a un dilema: Si regresaba a la primera, muy probablemente perdía al otro cliente. Y si no regresaba, perdería sin falta al primero. Así que le pregunté al secretario particular qué requería y me pidió un discurso de tres páginas y que tenía media hora. Lo dicté en el celular a bordo del metro, le di algo de formato y lo mandé antes de 15 minutos. “Maestro, es de lo mejor que has escrito. Se lo paso al jefe y no le digo que no estás”. Antes de haber avanzado cinco estaciones, se había resuelto el tema.
Uno de los problemas de alternar trabajo entre celular, tableta, computadora y laptop es que cada una tiene sus peculiaridades: hace poco perdí un concurso porque la liga compacta de algunas de mis redes sociales era distinta de la misma liga para escritorio. Al mandarla desde un mensaje directo de X (antes Twiter) todavía la pasaba a un formato anidado en esa red, y la tableta del receptor no le permitía abrirlo en YouTube, sino como video en X. Y su software móvil no le permitía subirlo a su sistema en la nube. Y yo no tuve YouTube adecuado para el envío. Ni modo…
La otra estriba en los diccionarios personalizados y las herramientas, que no son idénticas. Hubo un tiempo en que al director del IMSS (y antes y después de eso, senador) Germán Martínez tenía que citarlo mucho en textos. Pero, por aquella inercia del cariño, solía escribir “Germán Camacho”, el nombre de “El Ratón”, de quien les hablé ayer. Y luego, hacer los cambios. Así que adecué la corrección automática para que, cada vez que pusiera “Germán Camacho”, saliera “Germán Martínez”. Pasó el tiempo, el personaje perdió relevancia en los textos que tenía que hacer, dejó el Senado y… ya no importa. No escribo de él… hasta ahora.
Pero ayer redacté el texto desde el celular. Y, por supuesto, a mi amigo Camacho le cambió la identidad. Y yo, confiado, me estaba peleando con su segundo apellido, que siendo “Rosellón”, no sé por qué motivo el corrector insistía en poner “Roseyon”. Así que, por pelearme por un cambio que quién sabe de dónde lo sacó la inteligencia artificial, no vi el error que sí tenía… por la sustitución automática.
Vaya esta larga, larguísima errata para comentarles en público lo que ya le dije a “El Ratón”: no soy yo, no eres tú: es el célebre maldito autocorrector en el celular. Ya hice la corrección en el texto de ayer. Aclaro que es Camacho Rosellón y no “Martínez Roseyon”, como le hubieran llamado dos herramientas de I.A. Pero, a final de cuentas, si yo firmo el texto, es mi error. Punto.



Todos creamos
erratas y ‘erratones’:
IA y humanos.
Debemos aceptar nuestros defectos y comunicarlos!