El riesgo de tener orejas
Y no dejar de usarlas, nunca.
Esta semana una de las entradas más leídas fue una que rompió una de nuestras reglas: tenía DOS imágenes, no una. Fue la de Bienvenidos los nuevos. Causada porque llevábamos 70 suscriptores recién añadidos entre lunes y miércoles; hoy, van más de 115. Una era la imagen “normal”, que ilustra la publicación y que compartimos en redes de manera animada. Sí, siempre está debajo del tercer párrafo.
Y eso tiene sentido: nos gusta tener lectores. Personas que o son visitantes regulares del sitio, o que les llame la atención el título y lo que empezaron a leer, no porque la imagen les haya llamado la atención. Por eso procuro dejarla fuera de la primera pantalla. Va después del tercer párrafo.
Pero reconozco que la imagen es muy buena. Llevo ese cartón en mi mochila de la computadora, con un pequeño atril. Si estoy en una cafetería, biblioteca o espacio público, lo pongo a la vista. Lo he incluido en tasas térmicas: cuando se calientan al servir la bebida, se puede leer el texto. En la medida en que se enfría, se va volviendo cada vez más tenue. Normalmente, dura unos 25 minutos y es ideal para usarla en la técnica Pomodoro.
Porque es importante avisarles que tienes las orejas bien abiertas y que estás escuchando todo lo que dicen. Un escritor no crea desde la nada, o imaginando cosas que no existen: modela sus personajes con base en lo que piensa y lo que siente; pero también en personas que conoce o que ha visto.
Yo les confieso que algunos de mis personajes están basados en actores. Leonardo DiCaprio, Tom Cruise, Gwyneth Paltrow, Penélope Cruz o Amy ♥︎ Adams aparecen con frecuencia en ciertas escenas de mis libros. Pero no es cualquier DiCaprio: en algunos momentos, es el niño pobre, bueno e idealista de Titanic. En otros momentos, es el cínico y rico Lobo de Wall Street o el Gran Gatsby. Y en algunas más es el luchador y sobreviviente de El renacido. De Amy ♥︎ Adams hay dos roles que tengo en mente al escribir: la princesa de cuento traída al mundo real en Encantada o la brillante xenolingüista que logra desentrañar un lenguaje alienígena y otro manejo del tiempo en La llegada. Por supuesto, en la escena terminada no están presentes ellos: son una base para modelar a los personajes.
Pero también hay amigos, conocidos y familiares que hacen cameos, apariciones y hasta presencias directas en algunas de las escenas. Lo curioso es que no siempre le atinan: a ratos creen que una escena romántica las incluye, cuando no es así; pero nadie se ve en la escena neurótica o en la pelea salvaje, aunque hasta la descripción física o las huellas verbales gritan el origen del personaje.
El riesgo de tener orejas y usarlas mucho es que no puedes parar de pensar historias, personajes, cosas que decir. Y voces, gestos y expresiones que hacen a un humano uno peculiar, individual y digno de ponerse en una página de un libro. No entiendo a los autores que dicen que “no se les ocurre nada”. Basta con estar atentos al mundo.
Aunque… bueno, hay tanto que quería decirles, y se me acaba el espacio y el tiempo. ¿Les parece si continuamos mañana? Va, acá los espero.



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