En uno de los foros de escritores en que participo se armó fuerte un debate. ¿Cómo lidian con la página en blanco? Algunos tienen sus propios rituales. Hay quienes dicen que tienen hasta cinco pasos antes de poderse sentar a escribir.
Otros se quejan de que hay que “cachar la musa cuando llega, sea a las 3 de la mañana o a las 3 de la tarde”. Y que muchas veces hacerlo les conflictúa con sus trabajos cotidianos, porque asumámoslo, es difícil vivir de ser escritor de tiempo completo. Tienen trabajos que les pagan las cuentas, y que a veces no pueden agarrar las ideas al vuelo.
Una de las compañeras, incluso, nos contaba que ella hacía sus textos en el autobús de ida y vuelta a su trabajo. Aunque era difícil escribir “en las rodillas en un cuaderno que se va moviendo con vaivenes, es mejor porque tengo una hora aislada de todo lo demás, dos veces al día”.
Yo me encuentro que mi problema es el contrario: no es la falta de ideas, sino las demasiadas ideas. Fluyen para novelas, para cuentos, para artículos. Todos los días hay que sentarse al menos una hora a sacarlas de la cabeza porque si no parece que aumenta la presión y explota.
Ideas de negocios, hay varias que hemos dado que se han vuelto auténticas minas de oro. Ideas que en su momento parecían imposibles, pero que comentamos cómo podían resolverse y, al final, lo hicieron magníficamente para bien de quienes las hicieron.
Porque, debo reconocerlo, es uno de mis problemas. No es la falta de ideas, es la falta de capacidad para realizarlas adecuadamente. Más en estos tiempos en que el dinero es poco y el tiempo también. Hay tantas obligaciones que cumplir que lo que puedo destinar a mis propios proyectos está acotado y es relativamente poco.
Así que mi problema no es la falta de ideas, es el cómo poder realizarlas adecuadamente con poco tiempo y dinero. Sé de muchos casos que lo han hecho mucho mejor que yo, que van bien, que están creciendo. Yo de repente veo que mis listas de pendientes diarios, de entre 70 y 80 tareas, se logran en un 80 o un 90 %.
Y entre las tareas que quedan pendientes están esas que no he querido asumir de frente, que no he querido abordar, ya sea por miedo a terminar, por miedo al fracaso o por miedo al rechazo. Sí, que los miedos te frenen no está padre, pero al menos, y como parte del proceso de reflexión que les he comentado en estos días, particularmente en esta entrada de visita en la página de Hannelore Adler Gailwain, me queda claro que la reflexión tiene que dar paso a la acción o no va a haber salida posible.
Por lo pronto, insisto: no es que no tengamos ideas, es que tenemos demasiadas y priorizarlas para ejecutarlas no siempre es sencillo. Ya lo comentaba en este texto de cuándo las ideas son tu único activo. Pero bueno, hoy tomo un paso más en la dirección correcta, aparentemente.
Tener ideas y llevarlas a la práctica.
Hay un refrán que dice que “las ideas valen dos centavos, porque son muy baratas, abundantes y cualquiera puede tener miles de ellas”.



