De las pequeñas maravillas de editar
(Lo de otros, porque lo mío…)
Les comentaba aquí que tengo varias novelas casi terminadas, pero que no han pasado por la rigurosa revisión de mi editora de cabecera, Aline. Y que, en parte por eso, no las he publicado. Sí me parece importante que alguien más las lea; pero alguien que sea profesional y dedicado. Vaya, que no quiero que me jale las orejas por todo, pero tampoco que me deje ir con errores.
He dicho, y con razón, que no me gusta mucho editar. Y es que es natural cuando escribes “en el flujo”: en ese estado en que ni siquiera ves la pantalla o el teclado, cierras los ojos y sientes como si alguien más te estuviera dictando.
Hay una película de Pixar, de lo mejor que ha hecho (según yo), pero que estrenó en la pandemia, por lo que no se pudo ver en cines. Está en Disney+. Se llama Soul y muestra el más allá de una forma en que pocos lo hemos considerado. Las almas nonatas tienen que descubrir qué van a hacer en la vida antes de nacer. Y un músico jazzista que da clases en una escuela tiene la oportunidad de tocar con uno de los grandes cuartetos. Pero muere por accidente y va a “el gran después”. Allí, buscando cómo regresar, lo emparejan con un alma inconforme para que sea su mentor. Y describen que, al buscar tus momentos de felicidad en la vida, ocurren cuando estás en el flujo, atrapado en la tarea, en algo que te saca del mundo y te conecta con una realidad profunda.
Justamente ese es el estado que busco lograr al escribir. O… al editar y montar textos de alguien más. Con los míos no puedo. Porque me gana la vena racional, buscar, pensar y tratar de corregir. Pero ver si un párrafo está bien, si cabe en la página, si hay o no líneas huérfanas y si la página derecha es en la que empiezan todos los capítulos… Eso me encanta y lo hago bien.
El otro día me pasaron un texto de una “vaca sagrada”, famoso experto en cierto tema. Un artículo escrito con el apoyo de tres investigadores (o eso dice: igual y lo escribieron ellos y lo firmó él). Pero que le encontré cuatro errores de redacción y de dedo. Fue mágico. Porque se supone que ya lo habían visto al menos cinco autores o revisores y el autor, una “vaca sagrada”. Me salió muy rica la hamburguesa, la verdad.
Aunque también me ha pasado lo opuesto: me piden supervisar un texto, lo corrijo, lo pulo; lo paso en un par de herramientas (una especializada en ortografía y otra en gramática). Pero al cliente le dio por hacerle cambios y añadirle una introducción que no revisé. Y tenía tantos “herrore”, que le rechazaron el texto alegando “falta de cuidado en la ortografía y redacción”. Me reclamó. Quería su dinero de vuelta. Me negué. Estaba seguro de la calidad de mi trabajo. Cotejamos el texto. Todos los errores estaban en los textos originales de él, no en mi borrador revisado. Sucede que montó su texto en un borrador anterior, por lo que el primer capítulo iba en sucio, no la versión que le había dado. Y el comentario lapidario de su revisor: “Tiene demasiados errores ortográficos y de redacción. No lo acabé de leer. Hay dos calidades diversas en el trabajo; parece de dos plumas diferentes”. Eso les pasa por no valorar lo que hace un buen editor.
Insisto: lo mío es escribir, no editar. Y si tengo que editar, prefiero editar (y montar) lo de otros. Pero siempre y cuando llegue al “flujo”, da igual cómo lo logre…



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Llegando al flujo,
donde la musa dicta
al feliz autor