Cuando las musas se desvelan…
Te levantan temprano las malvadas.
Anoche estaba revisando los comentarios que llegaron a las entradas de la semana. Curiosamente, no todos las ven el mismo día. Sé de algunos lectores que las revisan sin falta… a la mañana siguiente. Otros prefieren leer de un jalón el sábado todas las entradas. Hay alguien que las lee en cuanto se publican, pero las comenta hasta en la noche, ya que pensó en ellas.
También hay a quienes les gusta interactuar en público, y dejan comentarios en la app de Substack. Otros prefieren mandarme mensaje directo, también en esa plataforma. Pero los hay que optan por mandarme correos con sus comentarios. A veces, más largos que las propias entradas.
A todos los recibo con gusto; algunos reciben respuesta en público. Otros en privado. No falta al que le contesto en una entrada —claro, sin mencionar que es respuesta directa para ellos, pero bien que se enteran—. Y no falta quien prefiera hasta hablar por teléfono y tener una buena charla.
Les decía que anoche estaba revisando los comentarios que llegaron a las entradas de la semana. Y hubo uno sobre el intenso texto de ayer. Confieso que quería hacer un texto muy muy breve comentando los efectos del ayuno del miércoles, pero… entré en flujo, de esas veces que la historia es la que conduce, como si te estuvieran dictando. Y resulta que el texto cobra vida por su parte, independiente de lo que querías decir.
Les decía que anoche estaba… Ah, sí, que ya lo dije. Y vi un comentario de Chava Pérez sobre el discípulo que falló al entregar al maestro. Y lo que él comentó coincide con la idea detrás de una de las novelas que estoy escribiendo. Dice Chava:
Judas realmente nunca quizo traicionar a Jesús, sino que el plan de entregarlo era porque ya había visto de lo que era capaz y así cuando se lo llevaran, todos iban a darse cuenta de que en realidad era quien ellos creían, se hubiera aventado un golazo... Pero no pasó así. O sea, sí falló garrafalmente, pero no por las razones que todos piensan.
Y sí: mi alegato es que la entrega del Maestro era necesaria para que él pudiera cumplir con todas las profecías. Y siendo Judas el discípulo de mayor formación tradicional —digamos que el único con lo que hoy llamaríamos “estudios universitarios” en el Templo—, era el que mejor comprendía las profecías. Además, claro, de ser el tesorero del grupo apostólico. El problema es que le ganaba el ego.
Sostengo —y es la hipótesis de la novela que estoy trabajando— que su mayor falla fue dudar del perdón divino. En el “Judas fue y se ahorcó” es donde está su error, no en la traición misma. ¿Se imaginan la escena si va a la cruz, pide perdón acompañado de María y el maestro lo perdona? Sería el discípulo que más hubiera hecho por lograr el cumplimiento de las profecías. Pero… dudo. Y en la duda, se suicidó.
Anoche estaba revisando los comentarios. Y repensando la idea, me fui a dormir.
Por supuesto, hacer eso es una invitación a que las musas se desvelen. A que las ideas te asalten a cualquier hora. Así que a las 2 a.m. me desperté con una idea. Y luego, tres minutos antes de que sonara la alarma de hoy, también. Unas, sobre la novela que trata de eso. Otra, sobre otro de los pendientes que me trajo correteado la semana. Una más, sobre ciertas tareas que tengo que hacer y que no sabía cómo.
Nunca es sencillo encontrar soluciones. Pero la gran paradoja es que a veces llegan justamente cuando dejas de buscarlas. Si la idea de mis musas desveladas era tan buena como creo, muy pronto les tendré noticias sobre eso.
Y si no… al menos me dejó ganarle al despertador sin despertarme. Ya vamos de gane con eso. Y más en domingo. Y ya que es domingo, puede ser un buen día para dejarme un comentario. Ya saben que los leo todos. ¡Venga, escribe tú también!


