Creadores de mundos.
Eso es lo que debe ser un buen autor.
Entre las preguntas que me llegaron con base en las entradas más recientes de esta publicación, había una muy interesante que me decía: “Bueno, si no ganas dinero y no está siendo un buen negocio, y te cuesta mucho tiempo y trabajo, ¿por qué te dedicas a escribir?”.
La verdad es que ya lo decía en Escribe Hoy, la guía práctica para el autor con prisa: una motivación para escribir es la urgente necesidad de poder comunicar las ideas y que queden plasmadas más allá del tiempo de vida en que tú las puedas expresar directamente.
Una de mis grandes motivaciones es dejarles a mis hijos reflexiones y lecciones de vida, que no tenga que decirles yo de viva voz. Si se las digo directamente, podrán sentirlas como regaño, no escucharlas o demeritarlas.
Quiero que los acompañen aunque ya no esté, una vez que me haya acabado mi tiempo de vida en este planeta. Que queden por ahí, pero que además a otras personas les puedan ser útiles.
La verdad es que esto segundo sí se ha logrado: desde amigos que leyeron algunos de los libros y entendieron las lecciones que estaban ocultas, hasta aquellos que a partir de eso generaron nuevas ideas propias y me buscan para agradecerlo.
A final de cuentas, un buen autor es un creador de mundos.
Puede tomar elementos conocidos, sí, porque si pienso en cosas que solo ocurren en mi mente y no tienen ni siquiera palabras para expresarse, será muy difícil poderlas comunicar. Podré entender muy bien qué estoy pensando, pero no necesariamente hacerlo llegar a los demás.
Por eso el manejo del idioma es importante para tener elementos comunes para transmitir ideas. Hay quien me dice que mis obras tienen un lenguaje demasiado simple para mi nivel, que esperarán algo un poco más técnico y serio. Y la verdad, sí.
Ya lo he dicho, es porque mi objetivo era comunicarme con mis hijos adolescentes. Por eso están escritos en un lenguaje llano, directo, claro, con pocas palabras rebuscadas, pero que faciliten comprender el mensaje de fondo. Y ahí parece que sí, más o menos les ha funcionado la idea.
Aunque la triste paradoja es que creo que ninguno de mis hijos ha leído completo ninguno de los libros. Han ojeado algunos, han hojeado en otros, les gustan un par de capítulos en particular de alguno de ellos y hasta ahí.
No importa, queda tiempo para que estos lectores encuentren en la obra de su papá los mensajes que les quería dejar. Pero por supuesto no escribo solo para ellos.
Esta creación de mundos pretende dejar algunas ideas, sugerencias, provocar pensamientos y emociones que hagan que los lectores disfruten. Por eso cada día dedico un poco de tiempo, mucho o poco, según quién lo quiera ver, a escribir tanto aquí en mi Substack, como en algunas invitaciones que recibo, como, por supuesto, en mis libros del largo aliento, de los que hay unos cinco o seis en el tintero y avanzando.
Y yo sé que a ratos es el propio miedo el que me frena.
Miedo al fracaso, miedo a temer que no sea suficientemente bueno, miedo a que alguien malinterprete lo que se dice.
O como pasó cuando publiqué un capítulo de mi novela, CALEXIT. Lo retomó una estación de radio en Texas. Y hubo una llamada del gobierno de California. Recibí en casa varias amenazas graves por estar hablando de eso. Y vaya que fue hace mucho tiempo, antes de que viéramos lo que en realidad está ocurriendo con el gobierno de Estados Unidos y que nos rebasó lo que podía hacer.
Una de las personas que me estaba ayudando como lectora beta me dijo: “¿Sabes? No quiero que me quiten mi visa americana por estar en este proyecto”. Le dije que no tenía que preocuparse porque no decía nada mentiroso, que además era una novela, no un hecho.
Pero me contestó: “Están tan bien logradas tus ideas que pueden ser peligrosas. Y yo creo que podrán poner tu nombre a una plaza en la capital de la nueva República de California, pero te vetarán en el resto de Estados Unidos y yo no quiero ser parte de eso”. Por supuesto, en ese momento me espanté y dejé el tema en veremos. Al final dejé en pausa la obra por esas razones. Y, aunque es una de las novelas que estoy trabajando, no me decido a hacerla pública aún.
Aunque, en parte por eso, Jorge Berry me invitó a ser editor de la enorme obra “Crónicas Trumpianas”, con más de 700 páginas y estrenada poco antes de su muerte.
Porque sí, uno puede crear mundos e irse a vivir en ellos en sus libros, pero el día a día en el mundo 1.0 es muy distinto, diferente y no necesariamente fácil. En fin, queda la idea de que escribas cuando puedas, que dejes algo para ti y que hagas realidad aquel refrán que dice que “para trascender en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Si es el caso, ya cumplí varias veces con cada una de las encomiendas. Y lo que falta…
Propones, sugieres… pero no ordenas.
En el texto anterior les comenté que el trabajo de editar tiene sus bemoles, y a la vez tiene sus partes interesantes. Que en ocasiones un punto o un correo pueden complicarte la relación con un cliente. Y que es una tarea que me gusta hacer.



