Tenemos nuevo PapA.I.
Creo que su enfoque es adecuado.
Febrero fue un mes en el que pensamos mucho sobre la inteligencia artificial, los cambios que va a introducir y la relación entre el ambiente laboral y el escolar y cómo los vincula. Esto, en parte, porque asistí a un foro sobre el tema, del que pueden ver mi reseña a partir de esta entrada y durante toda la semana posterior.
Uno de los debates más importantes fue qué tanto debe permitirse el uso de la inteligencia artificial en el entorno escolar y empresarial. Y hay tres modelos adecuados: En el primero, se permite totalmente, pero señalando claramente cómo se usa. Para el segundo, se permite el uso de manera acotada, por ejemplo, para apoyar investigación y estudio, pero no para crear materiales nuevos, presentar ensayos o disertaciones. Y se supervisa adecuadamente que se aplique la norma supervisando los trabajos “originales” entregados, para ver qué tanto lo son. La tercera es que se utilice libremente, pero con un modelo gestionado “en casa”, para asegurarse de que no haya sesgos o errores prevenibles.
Por supuesto, uno de los mayores dilemas es el tema moral y de derechos de autor. Si hago el texto con ayuda de una A.I., ¿soy el autor o no? ¿Hasta qué porcentaje? Si dejé que una herramienta lo hiciera por mí, ¿puedo defender el punto como válido, si no es mi argumento? Vaya que son dilemas importantes en el uso de estas herramientas.
Contrario a buena parte de la crítica general en su contra, la Iglesia Católica no se ha opuesto a la ciencia. Fue de los primeros sitios en tener observatorio astronómico propio. Genetistas como Mendel o astrónomos como Copérnico eran sacerdotes católicos. Los jesuitas tienen buena fama como investigadores y pensadores. Y si bien tiene una rama dogmática, creacionista e intolerante, también tiene su amplio grupo de científicos que validan el método científico y sus conclusiones, al grado de aceptar el encierro por la pandemia en lugar de usar estampas y “¡detente!” en vez de vacunas y aislamiento social.
Por ejemplo, en el célebre caso de Galileo Galilei, ni lo persiguió la Inquisición ni lo trataron de quemar en la hoguera. Simplemente, un grupo de sacerdotes científicos estaba en contra de sus mediciones, y lo llevaron a juicio. La teoría de Copérnico de que la Tierra giraba en torno al Sol y no al revés (el modelo geocéntrico le había cedido el paso al heliocéntrico) ya estaba siendo considerada válida. El punto es que será Galileo con el telescopio el primero en tratar de probarla empíricamente. Y si bien fue encarcelado y perseguido, fue más por su amistad con personas heréticas como Giordano Bruno, ex fraile dominico, que negaba la divinidad de Cristo y el rol de la Virgen María, que hablaba de panteísmo y de múltiples mundos habitados.
Vaya, que Galileo fue encarcelado por sus amistades, no por sus ideas, que simplemente fueron descartadas. ¿El argumento? Que sus observaciones no estaban bien hechas, porque “no cuadraban sus tablas” con la idea de un modelo con el sol al centro. Y asumir que la obra de Dios está mal hecha es una herejía. Y oponerse a Aristóteles es “contrario a la razón”. Será hasta que Newton proponga y pruebe que la órbita de la Tierra no era circular, sino elíptica, y que el Sol no estaba al centro, sino en uno de los focos de la elipse, que se probó que las observaciones de Galileo resultaron correctas.
Pues resulta que el Papa León XIV ya posicionó a la Iglesia en temas de inteligencia artificial. El Vaticano ya presentó su propio modelo, destinado a facilitar las traducciones de textos. La idea es que el terreno religioso es uno tan sensible, que cambiar una palabra puede dar sentidos muy diferentes. Por ejemplo, en el pasaje de Adán y Eva, la mayoría sabe que “se comieron la manzana en el Paraíso”. Porque en latín “malum” es manzana. Pero también es “malo, malvado”. Entonces, en un sentido literal, probaron el fruto del mal, no necesariamente una manzana. Pero para la sabiduría popular, ese fruto era una manzana. Roja, para más señas. De ahí que cuidar las traducciones sea algo importante.
Pero también el Papa ha puesto un límite: está terminantemente prohibido usar la inteligencia artificial para redactar sermones y otros documentos oficiales. El estudio de la palabra y su adecuado análisis y comunicación “debe ser fruto de una labor estrictamente humana, que no debe delegarse a las máquinas o los modelos”. Dice que se puede usar para revisar gramática, traducirlo o corregirlo. Pero que todo primer borrador debe ser fruto “de la mente y corazón del sacerdote, no de un modelo automatizado”.
Listo. Que una institución que durante más de dos mil años ha tratado de marcar e imponer el modelo moral que considera correcto salga a posicionarse sugiere que hay que escucharla como referente. Aunque lo que diga solo sea obligatorio para su personal, en este caso, los sacerdotes. Y, como bien podría decir una transliteración de cierto pasaje del Buen Libro, “dar al CésA.I. lo que es del CésA.I., y dar a Dios lo que es de Dios”. La creación es un acto humano que nos acerca a lo divino, y no debe dejar de ser territorio humano. Para lo demás, es una herramienta útil.



Brinden a fieles
sermones del corazón.
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