Pedir posada en el mundo digital: el ‘call and response’ de las tradiciones.
Cómo una canción navideña nos recuerda el valor de abrir la puerta al otro.
Bonjour, queridos amigos. En la entrada anterior, ustedes nos acompañaron mientras me ponía verde de la envidIA ante la velocidad con la que trabaja la inteligencia artificial. Hoy seguimos tejiendo esta conversación comunitaria de viva voz.
En esta ocasión les quiero hablar de las posadas navideñas, esa tradición mexicana tan viva, y cómo su estructura de llamada y respuesta se parece sorprendentemente a la forma en que construimos comunidad en Substack.
¡Pero Hanne, estamos en junio! No se asusten, no volví a poner al revés el calendario en mi escritorio; lo que sucede es que, a raíz de la celebración de las 300 entradas de Gonzalo J. Suárez P. y su invitación al evento en vivo de ayer lunes, me quedé pensando en que a veces Gonzalo publica algo y yo respondo sin saberlo. Que a veces lo hago yo y él responde. Que hay una conversación ocurriendo entre nuestras entradas, aunque ninguno de los dos la haya planeado.
Eso tiene un nombre. Bueno, varios. Pero el que más me gusta es el de una tradición que no debería aparecer en junio: Las posadas.
Si creciste en México (o cerca de alguien que creció en México), sabes lo que son. Nueve noches de diciembre, una Novena que acaba en la Navidad, en las que un grupo de peregrinos va de puerta en puerta cantando, pidiendo refugio. La mayoría de las puertas se niegan. Hay drama, hay humor, hay una coreografía de rechazo y eventual bienvenida. Y todo eso sucede a través de una canción que, de tanto escucharla, ya la sabe todo el mundo:
Peregrinos: “En el nombre del cielo os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada.
Posaderos: Aquí no es mesón, sigan adelante. Yo no puedo abrir, no sea algún tunante...”
Una voz llama. La otra responde. Así funciona.

Los etnomusicólogos llaman a esto call and response. Es una de las estructuras musicales más antiguas del mundo y aparece en tradiciones que no tienen nada que ver entre sí: el gospel afroamericano, los sones jarochos, la samba, el jazz. Hay algo en el cerebro humano que necesita ese patrón. Lanzar una idea y esperar que alguien la recoja.
Y yo siento que es exactamente lo que hacemos en Substack: cuando publico una entrada, estoy cantando desde mi lado de la calle. No sé si alguien abrirá la puerta. No sé si lo que digo le importa a alguien más que a mí. Pero canto de todos modos, porque la canción no tiene sentido en silencio.
Y a veces pasa algo raro y hermoso: que otro escritor que también anda en Substack canta de regreso. No exactamente lo mismo, sino su versión. La respuesta que hace que la llamada cobre sentido. Eso no es coincidencia, es afinidad de preguntas.
Las posadas no son bonitas porque la música sea complicada. Son bonitas porque la canción más simple del mundo crea un momento en que dos grupos separados por una puerta se vuelven, por un momento, una sola comunidad. El rechazo es parte del ritual. La espera también. Y la puerta que finalmente se abre vale exactamente lo que costó llamar.
Me encuentro en un punto intermedio de mi novela revolucionaria, con varios capítulos avanzados, pero todavía ajustando personajes y escaleta. Literalmente, escribo desde mi rincón habitual, rodeada de libretas, fotografías antiguas de Ajalpan y el eco de las musas que, a veces, se ponen a cantar villancicos fuera de temporada. Las tradiciones siempre terminan colándose en la ficción. ¿Qué sucederá con mis personajes revolucionarios cuando llegue la época navideña? ¿Pedirán una tregua para volver a celebrar a sus pueblos respectivos? ¿Traerán provisiones para hacer una cena de Nochebuena improvisada? ¿O usarán la fecha como un momento de reflexión y perdón, como en La Nochebuena del Guerrillero de Jacinto Octavio Picón?
En plena contienda carlista, un joven combatiente viudo observa con asombro cómo en su refugio en las montañas entra huyendo el cabecilla que asesinó a su esposa y a otros invitados el día de la boda. Razón más que suficiente para tomar cumplida venganza. Pese a todo, el soldado decidirá no matarlo y hasta lo invita a tomar el pan con él y su padre para después dejarlo marchar.
Quiero felicitar profundamente a Gonzalo J. Suárez P. por celebrar sus 300 entradas con un evento en vivo el lunes y por invitarme a este espacio, Dichos y Bichos, que sigue siendo un ejemplo de comunidad generosa. Trescientas entradas son muchas puertas tocadas. Y gracias a ustedes, que con sus comentarios y lecturas hacen posible este intercambio.
Dato curioso del día: aunque las posadas se celebran en diciembre, su espíritu de hospitalidad y diálogo colectivo sirve todo el año. Como dice una frase que circula en los talleres de escritura: “La mejor historia surge cuando varias voces se encuentran.” No esperen la fecha “perfecta” para compartir. Si la idea llega en junio, ábranle la puerta.
Si les gusta seguir el proceso completo de esta novela, los haikus dominicales y las reflexiones creativas, los invito a suscribirse gratis en mi Substack. Es gratis y allí encontrarán los enlaces privados a borradores y material extra. Recuerden que hoy pueden leer aquí la entrada de Gonzalo con un pedacito más de este camino literario.
¿Cuál tradición de su infancia les recuerda la forma en que interactuamos en la actualidad? ¿Cuándo fue la última vez que una entrada de alguien más funcionó como la respuesta a algo que tú ya habías escrito? Cuéntenme en los comentarios, me encanta leerlos y sentir esta comunidad viva.
Pórtense mal y hasta la próxima.

