Memorias de la Locura: paseando entre fantasmas y realidades
Donde la frontera entre cordura e insania se difumina
Bonjour, queridos amigos, en la entrada anterior me vieron exorcizar algunos demonios internos; hoy los paseamos a plena luz y les damos nombre mientras exploramos la memoria y los lugares donde la mente y la historia se encuentran cara a cara.
Hace poco tuve la oportunidad de recorrer el Museo Regional de Cholula, antes conocido como el Sanatorio Psiquiátrico de San Andrés. La exposición Memorias de la Locura nos invitó a caminar por los antiguos pabellones y a confrontar la historia oculta de ese lugar. No exagero: la visita te obliga a cuestionarte en qué lado de la reja estás parado.
Recorrimos las tres secciones donde separaban a los internos por nivel de “peligrosidad”. Ya no hay camas ni camisas de fuerza, solo algunas exposiciones de arte local y antigüedades hermosas que contrastan con la atmósfera que aún se respira en los pasillos. Nos impactó saber que al principio los atendía la orden religiosa de los Juaninos, sin médicos especializados ni criterios clínicos claros.
Lo que más me sacudió no fueron los posibles fantasmas, sino la frialdad quirúrgica con la que se decidía quién merecía estar allí: no solo ingresaban personas con lo que en esa época se diagnosticaba como enfermedades mentales (autismo, epilepsia, esquizofrenia), sino también aquellos que resultaban “incómodos” para sus familias: mujeres en menopausia, solteronas rebeldes, ancianos con demencia, personas con enfermedades de transmisión sexual, niños con deformidades, ateos y hasta presos políticos contrarios al régimen. La locura, durante mucho tiempo, fue sobre todo una categoría de control social.

La mayoría eran abandonados por su familia y pasaban allí el resto de su vida. Muchos terminaban en una fosa común al fondo del sanatorio. Durante la Revolución Mexicana el lugar funcionó algunos años como cuartel y después volvió a ser cárcel de mentes. Hoy es museo, pero en ciertos rincones, sobre todo en los jardines del fondo y especialmente en el pabellón 8 (donde me espantaron al entrar, ya les contaré), todavía se siente esa resignación triste y pesada.
El recorrido se llamaba precisamente Memorias de la Locura y nos invitaron a reflexionar sobre ese nombre. Más que los fantasmas que ahí deambulan, lo que más me aterró fue escuchar que hasta 2010 se documentaron experimentos con internos. El sanatorio cerró sus puertas en 2017 y el archivo se quemó… sin embargo, sigue vivo en la memoria de quienes lo habitaron y quienes lo recorremos.
Mientras caminábamos por los patios, teníamos una vista excelente de la iglesia de Cholula. Hicimos señas a los turistas y ellos nos respondieron animadamente, exactamente como los visitantes hacían desde la iglesia para llamar la atención de los internos. La dinámica no ha cambiado tanto, solo mutó de forma.
La reflexión que no me suelta desde entonces es esta: ¿quiénes eran realmente los locos? ¿Los que vivían encerrados? ¿Los curiosos que los buscaban por morbo? ¿Los médicos que los trataban (y maltrataban)? ¿O el sistema que decidía qué conducta, qué emoción, qué diferencia era aceptable?
Y la pregunta que hoy dejo en el aire: ¿Qué partes de ustedes han encerrado para que los sigan considerando cuerdos? ¿Qué sueños, qué rabias, qué deseos, qué formas de amar o de pensar han silenciado para no terminar “en Cholula”?
Porque la locura como herramienta de control social no desapareció. Solo cambió de nombre: cancelación, diagnóstico exprés, medicación masiva, algoritmos que deciden qué es normal, productividad tóxica, familias que siguen prefiriendo el silencio cómodo a la verdad incómoda.
Hoy les escribo desde ese punto intermedio entre la ficción y la realidad, donde mis personajes también habitan. Mientras avanzo en Pan tibio y un beso de pólvora, no dejo de pensar cómo en aquellos años turbulentos de 1910 el papá de Damiana o los federales podrían haber amenazado a los rebeldes con mandarlos “a Cholula, con los loquitos”. La locura como arma que encierra, silencia y borra a la gente incómoda.
La escritura, para mí, se ha vuelto el acto contrario: sacar a los internos de mi propio sanatorio interior y dejarlos hablar. Aunque asusten. Aunque rompan el orden. Aunque duelan.
Hoy les traigo un ejercicio de transformación:
Identifica una parte de ti que has “encerrado” por miedo a que te consideren raro, intenso, demasiado, inconveniente.
Escríbele una carta como si fuera un interno del pabellón 8. Pregúntale cómo se siente. Qué necesita. Qué verdad guarda que tú has negado.
Déjalo hablar durante 15 minutos, sin borrar nada.
Si se atreven, compartan aquí un fragmento en los comentarios o por mensaje directo. Este espacio se está convirtiendo también en un anti-sanatorio: donde lo “loco” es bienvenido.
Gracias a quienes mantienen viva esta memoria incómoda. Gracias a ustedes, que caminan conmigo entre fantasmas y realidades. Y por supuesto, a Gonzalo J. Suárez P. por este espacio compartido.
Dato random del día: El término “alienado”, que se usaba para referirse a los internos en los sanatorios del siglo XIX, no venía de ninguna ciencia rigurosa, sino del latín alienus (ajeno, extraño). Lo que nos hace “ajenos” a la norma dice mucho más de la norma que de nosotros.
¿Ustedes han visitado algún lugar cargado de memoria que les haya hecho cuestionar qué son la cordura y la locura? ¿Qué es el bien y el mal? ¿Qué es, hoy, lo que seguimos encerrando con otros nombres y otros muros más sofisticados? Me encantaría leer sus reflexiones en los comentarios, y si quieren seguir acompañándome en este proceso creativo, los invito a suscribirse (es gratis) a mi Substack para no perderse ninguna entrega del borrador en expansión, los haikus dominicales y las travesuras de mis musas. Y recuerden que aquí se encuentra hoy la entrada de Gonzalo en mi blog.
Pórtense peligrosamente cuerdos… o deliciosamente locos y hasta la próxima.




