Los 5 consejos que mi abuelo, traficante de licor, me dejó (y que no deberías seguir).
Sabiduría destilada con amor, caña fermentada y muy poca legalidad.
Bonjour, queridos amigos. La semana pasada hice una pequeña pausa obligada y estaba revisando mis notas de investigación para la novela (sí, otra vez googleando anacronismos del siglo XX en pijama) cuando encontré un cuadernito viejo entre mis libretas de personajes. Era de mi abuelo. No el de las memorias revolucionarias que les he contado, sino el otro: el que destilaba aguardiente en la Sierra y lo convertía en vinos afrutados como por arte de magia (ya les había dicho algo de eso, por ahí). Y pensé: Este hombre sabía cosas.
Y no las cosas que enseñan en los libros de autoayuda. No. Las cosas que se aprenden cuando la guardia rural está a dos lomas de distancia y tienes cuatro barriles de aguardiente de caña sin declarar.
Así que hoy, en honor a la tradición oral, a los cuadernitos con olor a madera y a los consejos que nadie pide pero todos necesitan, les comparto la sabiduría no solicitada de un hombre que nunca le tuvo miedo al ridículo ni a las autoridades municipales:
Los 5 consejos que mi abuelo traficante de licores me enseñó.
(y que no le funcionaron a nadie más, incluyéndome).
1. “Siempre ten un plan B. Y un plan C. Y una mula.”
Mi abuelo nunca salía a ningún lado sin tres rutas de escape trazadas en la cabeza y un animal de carga que, según él, “nunca declara nada porque no le preguntan”. La aplicación práctica a la vida moderna: tengan siempre una excusa preparada, una salida lateral y, si pueden, un colega que guarde silencio. ¿Aplica esto a la escritura creativa? Absolutamente. Nunca entreguen un primer borrador sin tener escrito ya el segundo.
2. “El mejor negocio es el que nadie sabe que estás haciendo.”
Esto lo decía mientras destapaba una olla que, aparentemente, contenía tamales. Era aguardiente de 70 grados. Mi abuelo era un hombre discreto con un sentido del humor muy particular. Consejo moderno: Trabajen en silencio. Anuncien los logros, no los procesos. Nadie necesita saber cuántas veces reescribieron el capítulo tres, ni cómo lloran sobre el teclado a las dos de la mañana. Eso es información clasificada.
3. “Nunca le pongas precio a algo que la gente ya quiere. Espera a que te lo pidan ellos.”
Estrategia de marketing del siglo XIX, aplicable al siglo XXI sin modificaciones. Mi abuelo nunca ofrecía su producto primero. Esperaba, con paciencia de bambú (ya les hablé del bambú), a que alguien dijera “Oiga, don Memo, ¿usté no tendrá por ahí…?“. Entonces actuaba. La lección: no empujen lo que hacen. Cuéntenlo, sí, con alegría, con orgullo, pero dejen que la curiosidad del otro abra la puerta.
4. “Si algo no funciona, échale agua. Si sigue sin funcionar, échale más tiempo.”
Este consejo es técnicamente sobre fermentación. Pero lo he aplicado a manuscritos, a relaciones complicadas, a plantas que se niegan a crecer y a proyectos que llevan tres años en el cajón esperando su momento. A veces lo único que le falta a una historia es que uno se aleje de ella dos años y vuelva con ojos nuevos. El tiempo hace lo que la voluntad no puede.
5. “La guardia no te detiene si vas muy seguro o muy borracho. No recomiendo lo segundo.”
El consejo más útil y el más inaplicable al mismo tiempo. En términos narrativos: el síndrome del impostor se desactiva cuando uno actúa como si ya supiera lo que hace, aunque por dentro esté temblando como hoja de maíz en temporal. La confianza no es ausencia de miedo. Es miedo bien disfrazado de andar tranquilo. Ah, y lo segundo tampoco funciona para mandar emails a medianoche. Ya lo sé de buena fuente.
Y así, queridos amigos, concluye la cátedra no oficial de mi abuelo: un hombre que nunca pidió permiso y siempre llegó a donde quería, generalmente cargando algo que no debía. Pero hoy, mirando ese cuadernito viejo con olor a madera y aguardiente de caña, entiendo la verdadera lección que se escondía detrás de sus trucos de contrabandista…
La vida es como el aguardiente de la Sierra.
Al principio es puro fuego: caña cruda, ideas a medio fermentar, emociones que queman la garganta y te dejan tambaleante. La mayoría se queda ahí, bebiendo el mismo licor tóxico de siempre que repetimos sin darnos cuenta: “tengo que poder con todo”, “no soy suficiente”, “mejor me escondo”. Ese fuego te mantiene vivo, pero también te nubla.
Mi abuelo sabía algo que solo los que han destilado de verdad comprenden: el fuego solo transforma cuando lo regulas. Echándole paciencia, tiempo y el arte preciso del destilador, lo que era áspero y peligroso se convierte en un licor afrutado, claro y potente. Ya no quema por quemar. Ahora tiene sabor, profundidad y puede compartirse sin destruir a quien lo recibe.
Ese es el giro que nadie te cuenta en los libros de autoayuda barata. No se trata de seguir los consejos absurdos del abuelo (ni los tuyos propios). Se trata de convertirte en el destilador de tu propia vida. Dejar de huir de la guardia interior (ese crítico que te persigue loma tras loma) y empezar a regular el proceso: identificar esos pensamientos que nos limitan, nombrarlos uno por uno y transformarlos en combustible limpio.
Porque al final, el verdadero contrabando no es el licor. Es el tiempo que robamos a nuestra vida real mientras seguimos repitiendo patrones que ya caducaron.
Este pequeño cuento surgió un día que Mafio, el pulpo, me retó a escribir consejos de liderazgo inútiles mientras los demás compartían memes desde la playa. Les contaría más al respecto, pero ya saben, la Regla #1 del grupo es…
Muchas gracias a David de Crecer en Substack y a toda la banda de Mafiosos por la cálida bienvenida. Este cuento es para ustedes.
Dato random del día: El secreto mejor guardado de los licores afrutados de Zacatlán (Puebla, México) es su dulzor engañoso. Elaborados de forma local con alcohol de caña y frutas o hierbas medicinales, estas bebidas tienen un porcentaje de alcohol muy alto que se camufla a la perfección. Tres caballitos de blueberry o capulín y van a olvidar hasta su nombre. También lo sé de buena fuente.
Otro dato random: mi abuelo trabajó de muchas formas para ganarse la vida, desde arriero (donde llevaba alcohol de contrabando a lomo de mula), ganadero, carpintero (decía que conoció a Pedro Infante), panadero, comerciante y finalmente fabricante de alcohol y vinos afrutados. Ya les contaré más conforme termine de editar sus memorias y de prepararlas para su publicación.
Si quieren seguir acompañándome en este experimento literario y genealógico donde el pasado siempre termina colándose entre las páginas, los invito a suscribirse a mi Substack. Es gratis, no incluye aguardiente ni recetas para hacerlo, aunque a veces también doy consejos de escritura y la vida diaria que sí sirven.
¿Y ustedes? ¿Qué consejo absurdo, inútil o directamente ilegal les dejó algún familiar o amigo? Cuéntenme en los comentarios, que me encanta aprender tanto de sus historias como de mis propias musas.
Les dejo una última pregunta para ustedes: ¿Qué “aguardiente tóxico” estoy destilando todavía en mi vida? ¿Qué pensamiento o patrón estoy repitiendo disfrazado de “consejo de abuelo”?
Les invito a descubrir aquí la reflexión de hoy de Gonzalo J. Suárez P. sobre la vida, llena de esas ideas que invitan a detenerse un momento.
Pórtense mal y hasta la próxima.


