Lo que tu espalda sabe de ti que tú todavía no has dicho
Sobre el dolor que no empieza en el cuerpo, pero en el cuerpo se queda.
Hoy, como ocurre los martes, tenemos un texto invitado. En esta ocasión es de Marta Prieto Mendoza. Ella es fisioterapeuta con casi treinta años de experiencia, especialista en postura, movimiento y pilates terapéutico. Autora de “15 minutos para aliviar tu dolor de espalda”. Escribe sobre el cuerpo, el movimiento y la conexión entre lo que vivimos y lo que sentimos en su boletín digital Movimiento Transformador. Gracias, Marta, por aceptar la invitación y bienvenida a Dichos y Bichos. Adelante.
Hay una pregunta que hago en consulta y que casi nunca nadie espera. Después de las preguntas básicas de cualquier consulta de fisioterapia y la exploración pertinente.
Esa pregunta es: ¿Qué estaba pasando en tu vida cuando empezó?
La mayoría se queda en silencio un momento. Algunos dicen que no lo recuerdan. Y luego, casi siempre, aparece algo. A veces no en la primera sesión. En ocasiones se van a casa y, tras “mover el cuerpo”, liberar algunas estructuras, se dan cuenta de algún evento de su vida que en aquel momento no parece tener importancia, pero sí la tiene.
Una separación. Un cambio de trabajo. La muerte de alguien. Una etapa en la que querían seguir funcionando como si nada hubiera pasado, sin darse tiempo a digerir lo que estaban viviendo.
Y entonces el cuerpo se adaptó, lo guardó y siguió adelante.
Y tras un tiempo, otro evento parecido que despierta en el cuerpo esa “memoria” y el cuerpo se queja un poco, y seguimos funcionando. Porque hay que trabajar, hay que seguir. Hay que vivir como si la vida y sus circunstancias no fueran con nosotros.
Hasta que un día, ese cuerpo ignorado y cansado de quejarse de forma sutil, nos grita; incluso si gritando seguimos ignorándolo, nos para en seco.
Todos sabemos de algún alto ejecutivo con mucho estrés, falta de sueño, mala alimentación, exceso de sustancias estimulantes para poder seguir el ritmo; de repente, con 45 años, le da un infarto.
El único recurso que encontró su maltratado cuerpo para que le preste atención.
Llevamos décadas estudiando la relación entre los diferentes dolores y las emociones.
Desde enfoques como la Fisiomática® o FisioEmo®, estudiamos la relación del dolor físico y las emociones. Vemos muchas veces cómo el dolor lumbar y el miedo van relacionados. No como metáfora, sino como fisiología real.
El miedo activa el sistema nervioso autónomo, contrae la musculatura profunda de la columna, altera la respiración y cambia la forma en que nos movemos. Un cuerpo que tiene miedo es un cuerpo que se encoge, que se protege, que literalmente se cierra sobre sí mismo.
La medicina china lleva siglos señalando lo mismo desde otro lenguaje. El meridiano de riñón, que recorre la zona lumbar, se asocia en la tradición oriental con el miedo como emoción primaria. No es misticismo. Es una observación acumulada durante generaciones de que hay zonas del cuerpo que responden de forma consistente a estados emocionales concretos.
La biodescodificación, con sus propios marcos y sus propias limitaciones, apunta también en esa dirección: el cuerpo como archivo de lo que no hemos procesado.
Tres tradiciones distintas. Tres formas de decir lo mismo.
Lo que yo veo en consulta es esto:
Personas que hacen todo lo que se supone que hay que hacer. Estiramientos, fisioterapia, cambios de silla, ejercicio. Cuando se trata de un problema mecánico sin otro trasfondo, mejoran y con unos buenos hábitos de vida el tema queda solucionado.
Otras personas mejoran, sí. Pero el dolor vuelve. Siempre en el mismo sitio, siempre en los mismos momentos. Cuando hay más estrés. Cuando algo en la vida se tambalea. Cuando el cuerpo recibe lo que la cabeza todavía no ha podido procesar.
Porque no somos trozos ensamblados sin relación entre ellos.
Somos un sistema. Y ese sistema guarda memoria.
El tejido conectivo, la fascia que recubre y conecta cada músculo, cada órgano, cada estructura del cuerpo, no es solo un envoltorio pasivo. Es un tejido vivo, sensible, que responde al movimiento, a la presión, a la temperatura. Y también a las emociones.
Cuando vivimos una experiencia de miedo, de amenaza, de pérdida, el cuerpo la registra. Si no hay espacio para procesarla, si seguimos adelante como si nada, esa experiencia se instala. Se queda en el tejido como una tensión sostenida, como una zona que no termina de soltarse, como un dolor que no tiene una explicación mecánica clara.
Y aquí es donde el movimiento consciente, las dinámicas corporales para soltar las emociones del cuerpo hacen algo que ningún antiinflamatorio puede hacer.
No porque cure la emoción. Sino porque abre una puerta.
Cuando nos movemos con conciencia, cuando llevamos la atención al cuerpo sin exigirle nada, cuando respiramos hacia las zonas que duelen en lugar de apartarnos de ellas, algo cambia. El sistema nervioso recibe una señal de seguridad. El tejido empieza a ceder. Y a veces, en ese espacio que se abre, aparece algo que estaba esperando ser visto.
No siempre. No de forma mágica. Pero con más frecuencia de lo que nos han contado.
No te cuento esto para que dejes de ir al médico ni al fisioterapeuta ni para que cambies tu tratamiento por meditación y buenas intenciones. Todas las herramientas son buenas y complementarias entre sí. Nunca te voy a decir que abandones un tratamiento.
Te lo cuento porque hay una pregunta que quizás vale la pena hacerse la próxima vez que el dolor aparezca.
No solo dónde duele.
Sino cuándo empezó de verdad.
Y qué estaba pasando entonces.
Si quieres seguir explorando esto, escribo cada semana sobre el cuerpo, el movimiento y todo lo que nadie te enseñó sobre cómo habitarlo en Movimiento Transformador. Y gracias por acompañarme hoy desde Dichos y Bichos.




Hola Marta, gracias por este texto tan claro y honesto. Me llegó justo donde necesitaba leerlo.
En mi caso, con la fibromialgia, también pasó algo parecido. Los síntomas empezaron hace casi quince años, pero el diagnóstico llegó siete años después. Durante mucho tiempo creí que era solo algo físico que se resolvería con pastillas o con reposo. Probé de todo, y al principio parecía que nada funcionaba del todo.
Con el tiempo me di cuenta de que mi cuerpo estaba guardando cosas que yo no había procesado, todo el estrés acumulado de años, la sensación de no ser suficiente, de tener que seguir adelante sin parar auque ya no pudiera más. Tal como dices, el cuerpo se adapta, guarda y sigue. Hasta que ya no puede. En mi experiencia, el dolor no era solo mecánico; aparecía o se intensificaba cuando algo emocional se tambaleaba, aunque en ese momento yo no lo relacionara.
Me gustó mucho cómo hablas de la fascia y de esa memoria que se queda en el tejido. Es justo lo que he sentido: no somos piezas sueltas. Todo está conectado. Y preguntar “¿qué estaba pasando en mi vida cuando empezó?” es una de las preguntas más potentes, aunque a veces la respuesta tarde meses o años en llegar.
Gracias por recordarnos que el movimiento consciente y la atención amable al cuerpo abren puertas. No reemplazan al médico ni al fisioterapeuta, pero complementan muy bien.
Un abrazo de unicornia y felicidades por tu boletín. Sigue escribiendo así.