La vocación de Don Quijote.
Y por qué se les dice “quijotadas” a ciertas tareas.
En el libro más famoso escrito en español, Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra nos narra las historias de un caballero andante en una época en que ya no los había.
Alonso Quijano se había vuelto loco de tanto leer libros de caballerías y quería salir a “desfacer entuertos”, salvar damiselas en peligro, acabar con villanos, matar gigantes y dragones y ganarse el aplauso y el amor de su noble doncella, que no era tal.
Pero el mundo, por supuesto, había cambiado, si es que alguna vez fue como aparecía en las crónicas de caballería que leía, y sus intentos resultan fallidos.
Escrito parcialmente en prisión, Don Quijote nos hace un viaje más por el mundo de las mentes de las personas de su época, afines a las búsquedas de toda la humanidad, que por el tiempo y lugar donde realmente se ubica. Es, para muchos, la primera novela escrita en español y, para otros, la más grande.
Aunque a menudo se le malinterprete o se le añadan pasajes que no tiene.
“Ladran los perros, Sancho, señal de que cabalgamos” no aparece en la novela; se usa desde 1808 y es prominente en la película de Orson Welles sobre el caballero de la triste figura. “Con la Iglesia hemos topado, Sancho” se refiere a una descripción geográfica de coordenadas, no a la oposición eclesial a sus labores. Puros errores, pues.
No por eso deja de ser fascinante el texto. Incluso se han hecho varias películas, y hasta un famoso musical en Broadway, “Man of La Mancha”, donde el célebre número de El sueño imposible, el tema principal, hace que más de uno quiera seguir haciendo quijotadas, es decir, hacer lo imposible y soñar con cumplir con ideales.
Pues nada, que ayer aparecieron tres problemitas donde metimos la cuchara para tratar de resolverlos. Uno con un vecino y la policía. Al final, en vez de ayudar a que lo liberaran antes, hicimos que lo amenazaran, lo detuvieran más tiempo del que originalmente le hubiera correspondido en lugar de pagar una multa, que tengamos amenazas constantes de algunos policías por haberlos denunciado en el centro de atención del secretario y se complicó el tema.
En otro, encontramos una persona que estaba haciendo un buen lío mediático por algo que era falso, y si bien pudimos parar el escándalo en el círculo profesional con algunos amigos, la institución decidió no confrontarlo. No sé si es porque sería validar mentiras de alguien mitómano o porque están preparando una respuesta legal. El problema es que dejaron crecer la percepción pública errónea del tema y que algunos creen que me metí “a la mala”, por mero chismoso o con un fin perverso, y no solo para evitar que alguien que miente se salga con la suya, dañando una institución que ha sido parte de mi vida por mucho, mucho tiempo.
En tercero, quería resolver un pequeño problema menor en casa, que terminé complicando sin querer queriendo, por precisamente esas fallas de comunicación.
Total, que como un Don Quijote contemporáneo, ayer me tocó salir volando, no ante un ataque de los brazos de los gigantes, sino de los molinos de viento modernos.
Sin embargo, esta vocación quijotesca de querer seguir haciendo que las cosas malas se vuelvan buenas, o que por lo menos no sean tan malas, seguiré teniéndola. Espero que con mejor suerte en los próximos días. En fin, se los comento no por otra cosa, sino para que sepan que aquí estará su caballero de brillante armadura, aunque sea tan ineficiente como el Quijote de la literatura.
Pero no dejaremos de buscar siempre el más alto ideal, aunque a veces no lo encontremos o en otras esté frente a mi nariz y no lo podamos ver. Y por ello les invito a que cantemos juntos:
Con fe, lo imposible soñar.
Al mal combatir sin temor.
Triunfar sobre el miedo invencible…
En pie, soportar el dolor.
Amar la pureza sin par.
Buscar la verdad del error.
Vivir con los brazos abiertos.
Creer en un mundo mejor.


