La tensa espera
Ya se sabe cuál es el castigo.
Muchas veces la tensa espera para que concluya algo en lo que ya no tienes injerencia, pero requieres que avance, es complicado.
Recuerdo que, cuando iba a la universidad, el periodo más difícil no era preparar los exámenes, sino en el momento desde que lo entregabas hasta que recibía la calificación. Ya nada puedes hacer… Más que esperar.
Además, como muchos exámenes eran departamentales, ni siquiera aparecía tu nombre, solo tu matrícula y la calificación. Me sabía algunas de mis compañeros, de las pocas en que podía romper el anonimato. Ver si esperaba junto a ellos porque sabía que habían reprobado, o alejarme porque su nueve era demasiada frustración cuando esperaban un diez de calificación en esa materia.
A lo mejor por eso me gusta ver las listas de la Lotería Nacional, porque utilizan el mismo patrón de cinco dígitos, como era la matrícula de la universidad, y ver si te sacaste un 10 o un no aprobado que, desafortunadamente, suele ser en la mayoría de los casos en los sorteos de la Lotería: no ganas nada, acaso un reintegro ocasional.
Pero el día que le pegué a un premio grande, estaba feliz. Como en aquel 10 en la materia en que creía reprobar, porque todos tenían respuestas diferentes a las mías en el examen. Resulta que era el único que cachó todas las preguntas trucadas.
En fin, ya estamos en el tenso proceso de que se ha terminado un libro y espero la muestra de la imprenta. Ya no hay tiempo más que para autorizar el pago. Necesito que llegue para poder autorizar su impresión.
Pero no hay nada que hacerle. A menos que haya una verdadera catástrofe, como haber mandado la portada de otro libro o el borrador sin los nombres de los autores. Si ya le hallé una coma o un punto fuera de lugar, si tengo una idea mejor para el índice o si podía generarle un índice onomástico, es tarde.
Queda esperar y poco más.
Ya estamos con el número de guía de camino a casa. No llegó el miércoles por la noche, por un problema de la mensajería. Y tocó el fin de semana largo por la Semana Santa. Cuatro días extra…
Pero como eso, es también la espera en otras cosas. Que el contador mande un documento que hace falta para enviarlo a un pendiente atrasado. Que el banco conteste si otro documento es correcto o no. Que pasen 10 días para poder retirar un depósito a plazo. Ese tipo de cosas, en que hay poco que hacer, además de esperar.
La célebre declaración anual de impuestos con la devolución de saldo a favor. La más tensa de todas. El año pasado no llegó, y tampoco aceptaron la aclaración. “Ya se le depositará”, dijeron. Y no apareció.
Me estresan las esperas, esas tensas esperas, esas en las que ya no queda nada que hacer, más que esperar.
Sostengo que el castigo de la pena de muerte no es la muerte en sí, sino saber cuándo y cómo te va a llegar, y por lo tanto, vivir constantemente esa tensa espera, particularmente en un contexto literalmente donde la vida se te escapa minuto a minuto. Y sea por un condenado a muerte o por quien tiene una enfermedad terminal con diagnóstico confirmado.
En fin, no hay mucho que hacer más que esperar.
Aunque dé por cantar aquella canción de Roberto Cantoral: “Reloj, no marques las horas… porque voy a enloquecer…”. Y no, no llegaré al extremo de la locura, pero vaya que la tensa espera siempre es una de las partes que más me incomoda en ciertas tareas.



La tensa espera
de situaciones fuera
de nuestro control.