La regla de oro
Dos maneras de verla en redes sociales
El Buen Libro tiene una frase que se ha llamado “la regla de oro”. Aparece de una forma u otra en más tradiciones esotéricas, religiosas y morales en el mundo. “Trata a los demás como quieres que te traten”. La regla de oro.
Pero hay otra interpretación que se ha popularizado recientemente de la frase “la regla de oro”. Y dice: “Quien tiene el oro hace la regla”. Y tristemente me ha tocado verlo de cerca.
En algún momento me tocó liderar un equipo de ocho expertos a quienes se nos encomendó hacer una iniciativa de ley para garantizar un acceso mínimo universal al Internet. La propuesta sugería tener puntos de acceso Wi-Fi gratuitos en parques y plazas públicas, de manera que cualquier persona pudiera entrar libremente a la red por una hora al día. Y que cada familia tuviera al menos un dispositivo básico de navegación.
La lógica era que el gobierno de la ciudad pudiera ofrecer más trámites y servicios en línea, lo cual permitiría una cobertura más universal, barata y efectiva de las acciones públicas. La iniciativa respetaría las concesiones privadas, la contratación en casas y oficinas con particulares, y solo garantizaría un mínimo de acceso básico para todos. Creo que hicimos un buen esfuerzo en esa propuesta.
PERO… la iniciativa llegó al Congreso de la Ciudad. Cayó en las garras —que no puedo decir “manos”— de un par de esos diputados que “no dan paso sin huarache”, que creen que lo público es de su propiedad y que ven las oportunidades de hacer negocio particular con los recursos públicos. Corruptos, pues.
Y reescribieron la ley: querían prohibir el Internet privado. Planteaban expropiar las redes. Garantizar un ancho de banda para cada familia, empezando con las pobres. Dotar de computadoras a cada familia. Y que el gobierno local fuera el único proveedor de acceso a la red. Pero, además, obligaban al gobierno a comprar equipos de ciertos “proveedores certificados”… por el congreso capitalino. ¿La lógica? Cobrarles a los vendedores de equipos una mordida, soborno o coima para darles su certificado de viabilidad.
Por supuesto, el partido en el poder (local) tenía los votos suficientes para que se aprobara esa iniciativa. Pero la regulación del tema era federal, y estaba en manos de un partido distinto. Sí, podíamos ofrecer puntos de acceso gratuito vía redes gubernamentales. Pero no podíamos frenar a los particulares, cambiar la regulación nacional o restringir el comercio de equipos.
Al final, la iniciativa se cayó; los diputados corruptos dijeron que era porque estaba mal hecha, los expertos consultados se sintieron usados y manipulados, y no nos fue tan bien como esperábamos. Lo que fue una verdadera tristeza. Diez años después, propuestas similares se siguen discutiendo, pero ahora a nivel federal. Y tampoco llegan a buen puerto.
Creo que los legisladores y todos en general debemos tener más presente la primera versión de la regla de oro: tratar a los demás como queremos que nos traten. Porque la alternativa es que acabemos tan pobres, que lo único que tengamos sea dinero… Y ni siquiera tanto como nos gustaría.



Gonzalo, lo que describes es la anatomía del Estadio 1 (El Rugido). Esos diputados son la antítesis de unas 'manos'; eran garras. Lo que viviste fue el secuestro de lo público por una amígdala depredadora; el otro dejó de ser un 'vínculo' para convertirse en un depredador que busca su beneficio a costa del daño social.
Tu 'Regla de Oro' chocó contra una asimetría basada en la ventaja. Cuando simulaban su interés en conectar a la gente, resultó ser un manifiesto para hackear el sistema de seguridad de lo público para cobrar su 'peaje' biológico. Al final, los expertos fuisteis usados porque vuestra empatía afectiva fue el 'Bug' que ellos explotaron. Menos mal que la Métis sabe que la única soberanía real es la del observador que no se deja devorar por el vacío.
Trata a los demás
con amor y empatía,
no como esclavos.