La Candelaria, los tamales y “sacar al niño”.
O por qué no es tan malo acabar siendo “compadre de la Virgen”.
Me han sugerido que este texto lo publique el día 2, “día de la Candelaria” y última jornada del maratón festivo “Guadalupe-Reyes”, que en el caso mexicano va del 12 de diciembre al 2 de febrero. Pero opté por hacerla hoy, justamente porque es domingo, tienen más tiempo para leer y porque puede darles algunas ideas de qué va la fiesta de mañana, y gozarla más.
Litúrgicamente, tenemos en mente cuarenta días antes de la Navidad en el periodo llamado Adviento: Es la espera de la llegada del Señor encarnado en un pequeño recién nacido en Belén. Luego, de Navidad a la Epifanía: de que nace el Niño Dios a que el mundo lo conoce a través de los Reyes Magos. Y luego, el primer bloque del tiempo ordinario, interrumpido el 2 de febrero, a 40 días del nacimiento. Noten cómo son dos cuarentenas (40 días), una antes y una después, con una semana completa en medio. Esto dentro del calendario litúrgico católico.
Pero no debemos olvidar que el cristianismo tiene su origen en el judaísmo. En esa tradición, una vez que ha nacido un bebé, la madre debe dejar pasar 40 días para entonces irse a purificar al Templo y presentar a su hijo. Naturalmente, esto está pensado para que pase al menos una semana desde el parto y empiece a correr su menstruación “normal” de 28 días. A los cuarenta días de nacido el bebé, la mujer ya tiene su ciclo regular. Y ya se garantizó que el pequeño se ha arraigado a la vida: no murió por enfermedad o malformación o alguna otra causa los primeros días. Ya es viable. De allí la purificación ritual judía, que origina esta fiesta.
Ahora, vamos con la explicación de las tradiciones mexicanas al respecto: En la rosca del Día de los Reyes Magos (la Epifanía) se deben poner tres pequeños bebés. Quienes los encuentran son “los reyes de la fiesta”, pues han encontrado al Niño Dios. Sabemos que en algunas panaderías les ha dado por poner hasta 20 ”monitos” en cada pan; pero lo correcto es que sean 3, independientemente del tamaño del pan.
¿Por qué algunos los esconden, o no dicen que los encontraron y hasta se los comen? Simple: porque, tradicionalmente, les toca pagar la cena del Día de la Candelaria, 2 de febrero. Debe hacerse con atole o chocolate (o ambos) y tamales. Porque los tamales nos recuerdan “a un pequeño bebé envuelto en sus sábanas”. Y qué mejor recuerdo de la presentación del bebé en el templo.
Claro que también se acostumbra llevar al Niño Dios a los templos vestido de algún santo, en particular San José o San Juan Bautista; de una profesión (abunda el Niño Doctor, pero en año mundialista no faltará el Niño Seleccionado Nacional); de ángel y hasta de personaje de caricatura. Lo correcto es no ponerle demasiada imaginación y tratarlo o bien como un bebé normal que llevaron a bautizar (un ropón blanco) o alguna túnica como las que se usan para representar a Jesús adulto: la blanca, café o negra pueden funcionar. Me encantan aquellas adultas mayores que dicen que “son comadres de la Virgen, porque le han llevado su niño a presentar al Templo”. Vaya que muchas se la pasan comadreando en la iglesia o con sus cofrades.
Y no olviden que el elemento infaltable en la fiesta de la Candelaria deben ser, justamente, las candelas o velas. Y recuerden también que es el último día del ciclo navideño, por lo que árboles, botas, series de luces y hasta el Grinch deberán guardarse desde hoy y hasta el inicio del próximo adviento.



Ser los padrinos
del Niño y vestirlo, es
todo un honor.