Hasta la lágrima.
Un trabajo que saca emociones.
Pues lo que iba a ser “un par de horas” el fin de semana se volvieron casi 16. Cuatro el viernes, dos el sábado y casi nueve el domingo. Pero la pastorela que estábamos escribiendo ya casi está lista.
Por supuesto, yo la veía casi perfecta, muy buena. Pero… mandé un capítulo a los ojos de mi editora en inglés. Solo para picarle la curiosidad. Es difícil ofrecerle a alguien un pago de un proyecto en el que tampoco cobras.
Pero… le servía. Tiene que incluir una obra de teatro en su portafolio, y no tenía ni una. Y siendo breve, podía ayudarme a revisarla. Ajá, eso dijo hasta que acabamos con casi 240 correcciones, observaciones o sugerencias en un texto de 40 páginas de guion.
Alguien llegó de visita. La atendí menos de 5 minutos. “Es que ando correteado”. El sarcástico: “Pues gracias por cinco minutos de tu tiempo”, se contestó con un “Y di que fueron 5 y no 2”. Lo lamento, en modo creativo, cuando estás en el flujo, así de insoportable se pone uno. Tal vez por eso la escritura es una labor individual, aunque la venta de la obra tome mucho más tiempo.
Y también me quedó claro por qué no publico más: hay ediciones que no le acepto a nadie. Ni me sugieras, porque no haré caso. Hay otras, en la aplicación de reglas ortográficas o gramaticales, que corrijo y listo. Pero en ciertos momentos… Digamos que en mi primera traducción profesional me llegué a pasar dos días peleando con el revisor por UNA frase. O encontrar que el autor hablaba de que Aristóteles observó el precio del maíz, lo que evidentemente no era posible: vio el de un grano, que no era trigo, pero tampoco era maíz. Otra buena discusión.
Entró mi mamá a reclamarme que había sido muy cortante con la visita, y que debía disculparme después. Justo me encontró revisando en voz alta un bloque de diálogo de una escena. Luego, le leí la escena completa. Y el tercer acto. Y como quien no quiere la cosa, creo que nada más nos faltó una escena completa por revisar. Yo estaba llorando a ratos, carcajeado en otros momentos. Oírla reír y decir “pero espera, porque se pone mejor”. En algún momento, empecé a hacer las voces de los personajes. “Allí lo hiciste igual que De Niro en Taxi Driver”, me dijo. Le enseñé la indicación del diálogo: “Como De Niro en Taxi Driver”. En fin, que al final me dijo: “Pues sí escribes bien, me moviste todas las emociones y eso que es un texto breve. Como sea, le debes una disculpa a mi amiga”.
Por supuesto que se la tendré que dar. Y también tengo claro que ya tengo una villana, malvada pero torpe, para alguna próxima novela u obra de teatro por hacer. Porque ya lo dice el cartel que tengo todo el tiempo sobre la mesa cuando estoy escribiendo en un lugar público, o en mi taza en el estudio de la casa: “PELIGRO, ESCRITOR TRABAJANDO. Todo lo que usted diga cerca podrá ser incorporado al texto sin previo aviso”.




La musa llama:
escritor trabajando
sin detenerse.