Gracias por su confianza.
Así que arrancamos con las exclusivas.
Pues ya les he comentado y estoy muy contento: tras unos cuantos meses de lanzar publicaciones a diario y de haber tenido un salto de más de un 25 % en suscriptores en una semana, y dos colaboraciones regulares, hay otro hito que alcancé en enero: tener los primeros suscriptores de paga. Este será el primer texto para ustedes, los más comprometidos en llevar adelante este proyecto
“Almacén Don Manolo, vende baratísimo”. Sí, Mafalda fue una de mis primeras lecturas regulares de temas de actualidad. Tuve todos los libros en formato cómic, después una bellísima edición de “Todo Mafalda”. Sigo pensando que es “el único libro sagrado del siglo XX”. Cada frase, cada aforismo, cada definición… se volvieron un referente para mis compañeros de primaria y secundaria. No tenías que decir toda la tira: una frase bastaba para recordarlo entero. Pero si el compañero no se acordaba, “Libro 7, página 28, tira de arriba” hacía las veces de un capítulo y versículo.
Pero también definió algunos de mis problemas de carácter. O, más bien, los ilustró. Como aquel clásico de Felipe colgando un póster en su cuarto diciendo: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, para, orgulloso, decir: “Desde mañana mismo empiezo”. No hay mejor ejemplo de procrastinación. O Mafalda y Guille cantando en el elevador, y una vecina les reclama: “¿Qué, sus padres no les enseñaron urbanidad?”. Mafalda contesta: “Sí, pero afortunadamente nos urbanizaron sin destruir nuestra naturalidad”. Para cuándo dicen que “estás medio loco, ¿cómo se te ocurre bajarte a bailar en una carretera?”. Sí, como en la secuencia inicial de La La Land. En la México-Toluca. Había un accidente y no había paso, y el retorno más cercano estaba hacia delante, pero no dejaban avanzar y hacia atrás tampoco se podía. Un señor en un Mustang clásico convertible traía un buen rock’n’roll y le subió “para pasar el tiempo”. Pues me bajé a bailar, invitando a la mujer del carro de al lado, que también venía sola. Al final, éramos como 10 personas bailando en plena carretera. Justo cuando terminó la segunda canción, empezaron a abrir el paso. Todos a nuestro carro, sin decir nada.
Y, sin duda, uno de los principales es la relación con el dinero. Manolito, el hijo del tendero, tiene una avaricia peligrosamente grave. Todo lo ve en materia de pesos y centavos. No duda en hacer trampa para ganar más, aunque siendo un mundo ingenuo, nunca lo logra. Hasta sus experimentos de marketing no funcionan adecuadamente: regalar paletas a los niños para decirles que “almacén Don Manolo vende baratísimo”, pero cuidando de que nadie tome más de una… aunque Miguelito se trate de llevar todas las que le caben en la mano. Sí, el mismo Miguelito que le pide a su mamá “uno de esos papelitos que se cambian por cosas”. Para enterarse allí mismo de que… esos papelitos se llaman billetes y hay que trabajar por ellos.
Traigo esta anécdota a colación porque, justamente, el manejo del dinero ha sido una cosa emocionalmente complicada. Y desde pequeño. Desde el primer día que vi un billete de $5,000 (sin saber que mi mamá tenía cuatro de esos porque la habían corrido de un negocio… del que ella era socia mayoritaria; y con eso nos compró unos Tente (versión local de Lego; pero que tardó muchos años en acabar ese pleito, recibiendo lo justo). O cuando abrí una primera cuenta de banco con mi primera pareja seria, en la que íbamos a depositar el 10 % de nuestros respectivos ingresos para los gastos de la boda y la casa, pero que terminaron vaciándome sin siquiera avisarme. O, más simple, en que había iniciativas millonarias en las que participaba, y de las que me dijeron que “siempre tendrás descuento aquí”, en vez de pagarme… Y eso duró como dos semanas antes de caer en el olvido.
Mi primer sueldo lo gané como actor. Menos de 10 años de edad, y era por una producción teatral profesional. Entre la parte de impuestos (que nos retuvieron, y asumo que se pagaron, pero no a nombre mío, que el Registro Federal de Contribuyentes tardó casi 15 años más en llegar a mi vida) y unas clases de baile y canto que nos obligaron a tomar, quedó poco. Pero puedo decir con cierto orgullo que mi primer sueldo llegó por una actividad artística. Y también puedo aclarar que fue poco y duró menos.
Viene esto a colación porque están recibiendo el primer texto publicado en mi Substack para lectores de pago. Lo tendrán en formato texto, en esta misma página, después de las 5 p.m. los martes, alternando semanas. Porque los otros martes les tendremos otros tipos de contenido.
En fin, bienvenidos, gracias por estar y espero que disfruten esta nueva sección, pensada para ustedes y con detalles más íntimos y que no puedo contar en público tan libremente. Y no olviden que ¡Almacén Don Manolo vende baratísimo!
P.S. Si, la caricatura trata de representarme con el peinado de Manolito. No salió perfecto, pero es la idea.


