Feynman y el arte de entender.
Yo también tengo algo de científica.
Bonjour, queridos amigos, gracias nuevamente a Gonzalo J. Suárez P. por este espacio que me abre para explorar nuevas ideas sin prisas. La semana pasada perseguimos brujas con el detector de Pangram. Hoy cambio de bruja a física. ¿Saben? Yo también tengo algo de científica, aunque a veces lo olvide entre libretas y musas rebeldes.
Hoy quiero hablarles de Richard Feynman, el físico que ganó el Nobel en 1965, creador de ese principio que dejó escrito en su pizarra cuando se fue: “Lo que no puedo crear, no lo entiendo”. Se trata de una forma distinta de pensar sin memorizar más datos ni llenar la cabeza de información hasta que estalle. Eso lo entendí, llevo más de un año tomando cursos y aún me siento bastante novata. Esa frase me ha acompañado estos días mientras reviso mis metas y trabajo las siguientes escenas de la novela, preguntándome si realmente entiendo a mis personajes o solo conozco sus nombres y un par de anécdotas.
Feynman tenía una costumbre curiosa, casi ridícula: cuando algo no le quedaba claro, se lo explicaba a alguien que no supiera nada del tema, como a un niño de doce años. Si en algún punto de la explicación se trababa, sabía exactamente dónde estaba el hueco en su propio entendimiento. Esa era toda la magia: dejar de memorizar y usar explicaciones más simples.
A mí me pasa algo similar con la novela: cuando escribo sobre la Revolución Mexicana y me encuentro tecleando frases enredadas, llenas de nombres de generales y fechas, sé que en realidad no he entendido bien la escena que estoy tratando de plasmar. La prueba de fuego es tomar eso que suena elegante en mi cabeza y lograr contárselo a alguien que jamás ha oído hablar de un pueblito oculto en la Sierra Negra llamado Ajalpan, sin que se le cierren los ojos del aburrimiento.
Feynman tenía además la costumbre de inventar ejemplos nuevos cada vez que alguien le explicaba algo en lugar de memorizar los ejemplos de los demás. Yo he empezado a hacer lo mismo con las escenas de la novela: si no puedo inventar una situación fresca para probar a Javier o a Damiana, es que todavía no los entiendo.

Hay una diferencia enorme entre saber el nombre de algo y saber realmente qué es. El papá de Feynman se lo enseñó de niño con los pájaros: podemos aprender cómo se dice ave en varios idiomas y seguir sin saber nada del animal. Yo lo he sentido en la escritura; puedo llenar fichas de personaje con su altura, color de ojos, virtudes, defectos… y aun así, descubrir a mitad de una escena que no sé cómo reaccionarían mis protagonistas si el miedo les ganara de verdad. ¿Llorarían, arrojarían el fusil? Cuando intento “crear” esa reacción desde cero, sin mirar apuntes, me doy cuenta de los huecos. Entonces es hora de regresar a la investigación, a las fichas de personaje, a las historias orales de Ajalpan, mis apuntes de viejos cursos, y empiezo otra vez. Se vuelve un trabajo de hormiguita científica (Ya sé, escribe primero, edita después. Es inevitable sentir que tengo que regresar a revisar para evitar esos huecos).
La novela ya tiene cuerpo, pero todavía me sorprendo descubriendo que no la entiendo del todo. En el último círculo de lectura, el profesor Julio nos mostró la importancia de recordar qué es lo que más quiere cada personaje; esto me ha servido para reevaluar un par de escenas que se sentían de relleno.
Literalmente, estoy en mi rincón de siempre, con Greta juzgando la velocidad de mis teclas y un montón de preguntas clave de cada capítulo todavía a medio contestar. Metafóricamente, estoy en mi laboratorio casero intentando reconstruir una historia desde sus inicios (sí, un hueco tan grande en mi argumento que podría esconder a todo un tranvía).
Sigo meditando acerca de mis clases de coaching, donde estoy aprendiendo algo parecido: si no puedo explicar mi propio proceso con palabras sencillas, es que todavía no lo domino del todo. Pienso en mis hijos que de chiquitos me hacían preguntas imposibles, como por qué el cielo es azul o por qué las vacas no vuelan; y en cómo esas cuestiones me obligaban a desarmar lo que yo daba por sentado. Pienso en Greta, que me mira aporrear el teclado sin entender ni una palabra, aunque me escucha con atención: si logro explicarle a una gatita siamesa por qué Javier decidió dejar su oficio de panadero y sumarse al club antirreeleccionista, es que ya lo entendí de verdad.
Dato random del día: Feynman trabajó en el Proyecto Manhattan siendo apenas un veinteañero; mientras los demás científicos discutían fórmulas, él se entretenía en Los Álamos abriendo cajas fuertes y cerraduras para demostrar que la seguridad del complejo era una ilusión. Tomó clases de dibujo y pintura bajo el seudónimo de “Ofey”, que culminó con una exposición de su obra. También tocaba los bongos en fiestas y shows nocturnos bajo un nombre falso. Era un Nobel con un gran sentido del humor.
Los invito a darse una vuelta por mi Substack si quieren seguir el rastro de esta novela revolucionaria, los haikus dominicales y estas reflexiones que a veces salen más científicas de lo que planeé. Es gratis y ahí les comparto el proceso completo, con todo y errores.
¿Y ustedes? ¿Han sentido alguna vez que conocían el nombre de algo, pero no lo entendían de verdad? ¿Aplican algún truco parecido al de Feynman cuando escriben o cuando intentan entender su propia vida? Cuéntenme en los comentarios, me encanta leerlos y sentirlos cerca. Y recuerden que hoy pueden ver aquí la entrada de Gonzalo con una reflexión acerca de su proceso creativo.
Pórtense mal y hasta la próxima.

