Feliz cumple, Adri.
Y todos invitados a hacerle fiesta.
Recordó las advertencias sobre ese camino sinuoso y angosto, pero el crujir de las ruedas lo llenó de brío para explorar esa tierra en la que imaginó oro, plata y olvido. El aire era seco y polvoso, con calor áspero que se metía a la nariz entre respiro y respiro. Observó las moradas. Lo distrajo una cortina que, con mugre en las orillas, bailaba con el viento para evocar cierta frescura. Esbozó una pequeña mueca parecida a la sonrisa cuando el carruaje se aferró a la tierra anunciando su llegada. Era Don José de Plata.
Venido de tierras españolas, llegó a El Pozal para ser el nuevo dueño de La Celestita, una mina rústicamente explorada y la principal fuente de trabajo de ese pueblo al que le sobraba el rencor.
A Casimiro, el anterior dueño, no le quedó otra alternativa que venderla, al enterarse del cáncer terminal que padecía. Estaba devastado. Se la pasaba con la cara hinchada de tanto llorar ante los pronósticos dados por su médico. Cuando escuchó el poco tiempo de vida que le quedaba, se abrazó hincado a las piernas del doctor y le ofreció parte de su fortuna si lo salvaba.
La respuesta fue penosa:
—El tiempo que le queda es corto, Don Casimiro, y en el pueblo no puedo hacer nada por usted. Lamento darle una noticia tan drástica, pero si me pide honestidad, le diría otra vez que el tiempo que le queda es corto.
Ante la sentencia de muerte, Casimiro se fue del pueblo corroído en sus entrañas. A pesar de su enfermedad, no quería dejar de ningunear a los habitantes de El Pozal como era su costumbre. La mina era prácticamente la única fuente de trabajo y se aprovechó todo el tiempo de eso.
Al irse, fue dejando por las calles una estela de olor fétido que traspasaba las puertas y ventanas de las opacas casitas. Nadie lo despidió y ni siquiera por curiosidad o compasión le regalaron una mirada de adiós. Todos temían su pestilencia, su evaporada gordura y sus miradas maliciosas. No faltó quien recordara los sudores copiosos que le brotaban del cabello abundante y crespo cuando pegaba de gritos al regañar a alguien ante la menor falta.
Su partida fue nauseabunda. Las mujeres del pueblo aguantaron más que los hombres aquel olor y les alcanzó la fuerza para rezar y pedir que pronto muriera. Ni una mirada compasiva para él, ni siquiera de su servidumbre. Los maldijo por eso. Entre murmullos llenos de resentimiento y saliva espesa, les dijo malagradecidos e ingratos.
No tuvo más remedio que irse para buscar una cura y refugiarse con el único familiar vivo que tenía: un sobrino al que siempre desdeñó por ser hijo natural de una sirvienta y su tío. El joven lo atendió con devoción mientras lo convenció para que le heredara su fortuna. Cuando lo logró, se burló de él en sus últimos momentos; con eso le cobró caro el desdén y el desprecio sufrido por haberlo llamado tantas veces bastardo.
Casimiro murió 49 días después de su partida de El Pozal. En sus últimos suspiros estaba retorcido, con las manos dobladas al pecho como si fuera artrítico y los ojos abiertos que escupían algo parecido al horror.
Cuando se enteraron de su muerte en El Pozal, nadie pudo ocultar su deleite. Se oían risotadas de casa en casa a medida que sus moradores conocían la noticia. Lo odiaban por las humillaciones proferidas y por evitar a toda costa la prosperidad de cualquiera. Se encargó de ahuyentar negocios y cualquier otra fuente de ingresos que no fuera la mina, de la que él fue siempre el dueño absoluto.
Muerto Casimiro, hubo quien quiso apoderarse de la mina, pero la gente enviada por Don José de Plata, desde antes de su llegada, lo evitó. Ante el denuedo de algunos pobladores, que no duró ni un par de horas, se resguardó el yacimiento y La Trinidad, una finca de mal gusto, aunque espaciosa, luminosa y arbolada, en la que habitaría el español y que también formó parte del trato.
La servidumbre también se quedó en la casona para atender al nuevo dueño. Fulgencio, el fiel capataz; Jeremías, el jardinero; y dos mujeres para la cocina y limpieza: Refugio y Zenaida.
La llegada de Don José de Plata y su gente tenía nerviosos a los habitantes del pueblo, al que le pusieron el nombre de El Pozal, por una leyenda en la que se contaba que en tiempos pasados abundaba el agua y la tierra propicia para la agricultura. Nada de eso era cierto. El Pozal era seco y siempre lo fue. Raspaba la respiración y la esperanza de quienes allí vivían.
Feliz cumpleaños, Adriana.
Acaban de leer el arranque de la novela “Guarida de Luna” de Adriana García Espinoza, una querida amiga. La trabajamos juntos en 2018 para publicarla. Y hoy, 26 de enero, es cumpleaños de Adri, por lo que le dije que hoy re-presentaría su novela a mis lectores. La idea es que, si les gustó lo que leyeron, le ayudemos comprando su libro para que suba en los listados de Amazon y pueda avanzar al sueño que compartimos: poder vivir de escribir, de nuestros libros y contando historias que les puedan gustar, divertir y hacer reflexionar a nuestros lectores. Será un gran regalo de cumpleaños para ella.
Por supuesto, aprovecho para invitarlos a suscribirse (gratuitamente o de pago) a este boletín. Claro que también nos ayudan a ambos compartiéndolo. Y si quieren asesoría o apoyo para publicar sus libros… escríbanme.



Mina de El Pozal,
adiós a Casimiro,
llega el Español.
Suena bien...
Voy a buscarla, se me hace que vale la pena leerla...
Gracias por la recomendación.