Estar atentos.
Eso se está perdiendo.
El día de ayer pasé una experiencia bastante sorprendente. Iba con mi hijo menor a ver despegues de aviones desde la cabecera del aeropuerto de la Ciudad de México. Ahí hay un pequeño café con una terraza que permite que los aviones te pasen prácticamente arriba al estar alineada entre ambas pistas.
Uno pensaría que es una experiencia sobrecogedora, en particular para los niños, y sí había bastantes menores de edad. Lo curioso es que, después de ver dos o tres aviones, más del 90 % de ellos se volcaban a sus celulares. No faltó la que ponía audífonos grandes y tableta para “no oír el ruido” y no distraerse con esas “molestas cosas” que le impedían jugar a gusto.
Y me sorprendió que los más distraídos eran precisamente los niños. Entiendes que alguna pareja joven que está empezando el noviazgo quiera concentrarse el uno en el otro y no en lo que está pasando enfrente. O que el novio, que quiere lucirse demostrando que sabe más de aviación que nadie, haga una plática insoportable para su acompañante, quien solo estaba ahí para darle gusto a él y que se nota que sufría el entorno, el lugar… y al señor que iba con ella.
A pesar de ser el 8 de marzo, nos faltó la mujer a quien le pedían atender al marinovio como si fuera el invitado especial del día. Que fuera ella la que se parara a traer las comidas y que él la regresara, tronándole los dedos, porque “había faltado el aderezo en su hamburguesa”. Vaya patán.
En fin, lo que realmente me llamó la atención es ver que los pequeños no estaban atentos a su entorno, a pesar de ser algo bastante especial. Sí, de repente los adultos tomábamos nuestros celulares, pero era para abrir las aplicaciones para identificar qué aviones despegaban o aterrizaban, cuál era ese modelo en particular o aquella aerolínea de la que nunca habíamos oído hablar, pero que acabamos de ver aterrizar (Wamos Airline, por cierto). Es decir, usábamos los celulares como herramientas complementarias a la experiencia, no para sustituirla.
En cambio, los niños estaban totalmente ajenos a lo que estaba pasando. No faltaba, claro, el pequeño entusiasta de los aviones que corría debajo de ellos, y que casi casi le exigía a papá que se lo llevara a volar en ese mismo momento. U otros, sorprendidos al ver que tenían frente a sí dos variantes del mismo avión, con apenas cambios en la marca de la compañía que los vuela y algún detalle menor, algo así como “encuentre las diferencias” en la vida real.
Me preocupa que, si no pueden estar atentos a su entorno en algo particularmente llamativo, como era ver despegar aviones desde la cabecera del aeropuerto, ¿qué pasará cuando tengan que hacer tareas que no les gustan y los distraigan atentamente? Por eso me llama la atención que algunos empleos pidan a sus jóvenes colaboradores, como requisito para conseguir el trabajo, que “no lleven celular a la oficina” (o a la tienda de marras).
En fin, solo espero que hayan acabado de leer esta entrada a detalle y no se hayan distraído con sus celulares, mientras… ¡Mira, un avión de Air France que viene de París! ¿Cuántas cigüeñas con bebés traerá a bordo?



Llegan volando
cigüeñas desde París
a la pista dos.
Me ha gustado mucho esa escena del café viendo despegar los aviones. Es curioso cómo algo que hace unas décadas habría dejado a cualquier niño con la boca abierta hoy compite con una pantalla.
A veces da la sensación de que la atención se ha convertido en uno de los recursos más valiosos que tenemos. Cuando uno consigue detenerse y mirar lo que está pasando alrededor, incluso algo tan cotidiano como un avión despegando puede volver a sentirse casi como un pequeño espectáculo 😀