Espacios para meditar.
En cualquier parte es posible.
Hace poco tuve una larga plática con mi hijo menor y me preguntaba por qué me gusta tanto manejar. Francamente, se sorprendió cuando le dije que uno de mis motivos era que era un gran lugar para meditar.
Preguntó que cómo era posible eso si tienes que estar atento al camino, a los demás vehículos, y le decía justamente eso, que como buena parte de la actividad es mecánica, automática y no tienes que estar pensando en ella, logras entrar a un estado de meditación y con la mente tranquila.
Por supuesto, esto te facilita estar atento al entorno, percibir lo que van a hacer los demás, anticipar las posibles movidas. Y por eso rara vez tengo que reaccionar rápidamente de manera imprevista ante una emergencia. Sí, suelo meditar al manejar.
Suena paradójico, lo sé; un lugar como el carro en hora pico es un lugar distinto a lo que normalmente piensa uno como espacio para meditar. No es un ashram ni un estudio de yoga. No es una iglesia, ni tampoco un claro en el bosque.
Pero si la cuestión es simplemente mantener controlados los pensamientos, respirar de manera constante y consciente y a la vez dejar que las emociones se calmen, verán que es posible hacerlo en prácticamente cualquier espacio y en todo momento. En el metro. Manejando. Antes de una clase. En una iglesia, antes o después de una ceremonia (uno de mis sitios favoritos para ello, por cierto). En el gimnasio. Caminando en la calle… en todas partes, pues.
Me llegó esta idea hoy porque estaba haciendo mi caminata matutina más temprano que de costumbre. Tocó ir al aeropuerto a llevar a alguien. Pude ver lo que veo todos los días, pero ahora con una luz mucho más ligera, más suave; literalmente, un sol que no ha salido, pero que ya no es noche cerrada, esa hora gris que le dicen algunos.
Y entonces vi lo que siempre veo de una manera en que nunca lo había visto.
Por el cambio de iluminación, por la manera de estar y por lo mismo las ideas que se me ocurrieron fueron muy distintas a las que habitualmente llegan en ese mismo trayecto. Porque sí, dedico unos 20, 30 minutos al día a caminar, pensar, sin lentes, sin audífonos, sin celular. Solo estar presente ante el entorno natural y urbano. Ya sé que eso suena muy raro, en especial a los jóvenes: ¿Caminar sin audífonos? ¿Sin tener que ir a algún lado en especial?
Es una manera de estar presente para empezar el día, calmar el estrés, tener ideas y, por supuesto, hacer algo de ejercicio que buena falta me hace.
Les traigo esta idea hoy: recuerden que en cualquier momento pueden meditar, darse una escapada de dos o tres minutos de respiración profunda y pensamientos calmados. No es necesario irse a los Himalayas y buscar un refugio en un monasterio tibetano. Simplemente puedes hacerlo aquí y ahora.
Te recomiendo que lo intentes al terminar de leer este texto.
Respira hondo, descansa un momento, cierra los ojos (excepto si vas manejando), acalla las ideas, relaja la mente, date unos minutos de pausa… y nos vemos mañana.



