Días de agotamiento.
Porque a veces escribir diario cuesta trabajo, mucho.
Pues nada, hoy es uno de esos días en que la fatiga se ha acumulado y las vacaciones se ven distantes, que hay poco por avanzar, pero mucho por hacer.
De esos días en que el desánimo está ponchado y, como decía Felipe, aquel personaje de Mafalda, “la voluntad debe ser la única cosa que necesitas que te ponchen, aunque esté ponchada”.
Hoy me siento particularmente cansado y triste. Es normal. Han sido días fuera de la rutina y más largos de lo esperado. Pero además que no cumplieron las expectativas prometidas.
Claro que ha habido buenos momentos, como ya lo hemos comentado, la presentación del libro de Samuel Domínguez y algunas otras cosas más. O algunas buenas charlas o circunstancias que han pasado recientemente, tras las que dices: “¡Wow, la vida es bella y vale la pena vivirla!”.
Claro que hay esta tendencia en las redes sociales para decir que todo es maravilloso en tu vida: que estás de maravilla, que tus días son ideales, tus comidas balanceadas y tus relaciones perfectas. Pero sabemos que esas son poses públicas, no necesariamente las verdaderas.
Sin embargo, también entra ese agotamiento que ocasionalmente te deja francamente cansado, sin muchas ganas de leer, o de ver una película, o de ver un programa. Simplemente, te encantaría acostarte un rato y descansar, pero eso no siempre es posible. Hay tareas que hacer, metas que cumplir y que lograr cotidianamente. Una de ellas es mandar este boletín, pero no es la única.
Esas son las que te hacen, como dicen los estoicos, “hacer cumplir tu obligación en tu tarea de ser hombre, hacer lo que debes, aunque no quieras”.
Y así pues, pasamos estos momentos de agotamiento, esperando que las circunstancias cambien, trabajando para ello y esperando que al menos mañana sea un día diferente y con más cosas por ofrecerles.
Por lo pronto, vámonos a avanzar un rato con la lista de pendientes. Ya puedo marcar como hecha una tarea más: escribirles.


