Cuando los lectores te inspiran…
A hacer lo que ya estabas haciendo.
Una de las grandes ventajas de compartir con tus lectores las ideas que vas teniendo es poder tener retroalimentación sobre ellas “en tiempo real”. O casi: dices algo, responden o comentan, y ves si el pulso del ánimo social es acorde a lo que quieres o no. No necesariamente de todo el mercado, sino de esa parte que está cerca de ti, te lee y te comenta.
En la noche del 21 de febrero, vi un comentario de Chava Pérez sobre Iscariote, el discípulo que falló al entregar al maestro. Y lo que él comentó coincide con la idea detrás de una de las novelas que estoy escribiendo.
No es un trabajo nuevo. El primer borrador data de 2017. Justamente, en que estaba pasando una etapa de sufrimientos, abandonos y traiciones. Sin trabajo, por una acusación falsa. Con mi familia rota, por las carencias y las dificultades. Una crítica constante ante el deterioro de la salud. Había pocos apoyos, y casi todos acompañados de algún cobro emocional. “Sí, te ayudo, pero ya cambia”. “Está bien, te presto, pero espero que ahora sí me pagues a tiempo”. “Bueno, ya entiendo por qué te dejó. Con ese físico y esa actitud, era lo mejor…”. Y no era prudente compartir mucho de la situación que estaba pasando.
“Pero el próximo año hay elecciones, y ahí te repones. Espero que ahora no vayas con un candidato perdedor, ¿eh? Que ni cuando estabas bien posicionado le atinaste”. Tal vez era cierto, pero al menos, perdimos en la interna y no en la constitucional. Al menos…
Y entonces me veía reflejado a veces en el discípulo que nadie comprendía del todo en el círculo apostólico: era el de mayor formación académica. El que había pasado más tiempo en el Templo. El que tenía un ingreso familiar relativamente estable. El que comprendía mejor que nadie la misión del Maestro… desde un punto de vista intelectual. Por eso era el interlocutor con las autoridades. Y el que llevaba la bolsa del pequeño tesoro del grupo apostólico. El que recibía los donativos y compraba cosas para el grupo.
Pero, por lo mismo, el más mundano. El que no oía todas las lecciones, por andar lejos del grupo, comprando cosas o haciendo gestiones. El que cerraba los oídos a ciertas parábolas o dichos, porque eso ya lo sabía, por el tiempo que pasó en el Templo. O porque el mensaje de “hacerse servidor de todos” le caía gordo, gordísimo. Si él era el más formado, el más importante y el “gerente” del grupo, ¿por qué tenía que rendirle cuentas a un pescador o a un anciano curado de lepra?
La novela se quedó en proceso. En parte, porque sentía que el ánimo general era tan lúgubre —el mío y el del texto—, que no le haría bien a nadie. Ni a mí publicarla, ni a un potencial lector. Alguien que pudo ver el borrador de un par de capítulos me dijo: “Y supongo que vas a incluir una cuerda en la venta de cada libro, por si alguien decide ahorcarse como tu protagonista, ¿Verdad?”
Eso sí, estoy orgulloso de la manera en que planteé la historia y el abordaje. Por tres razones: es difícil contar una historia que muchos conocen y demasiados ignoran. Es decir, no faltará quien lo considere hasta sacrílego o absurdo. No es un libro para ganar amigos… Segunda, porque hacer del personaje principal uno de los mayores villanos de la historia no augura simpatías. Y… me guardo el tercero, que ya leerán prontamente en la novela.
Hay, por cierto, una tradición en la representación artística de la época en que México era Nueva España, y que poco he visto en otros lados: todos hemos visto el Ecce Homo, la escultura del Maestro tras su azote en la columna del pretorio. Cuando Pilatos sale y dice a los judíos: “He aquí el hombre”. Su esperanza era que, al verlo tan golpeado, se apiadaran de él y pidieran su liberación. Pero ocurrió lo contrario.
En esa columna, aparece ya con las rodillas y los codos raspados, ensangrentados, y por supuesto la espalda llagada profusamente. Pero… También tiene la primera llaga. La del beso de Judas. Dicen que fue su primer gran dolor de la Pasión: saberse traicionado. Y, curiosamente, cuando fui al museo virreinal en Santiago de Chile, observé eso mismo: en las imágenes llevadas de Perú, España o hechas localmente, no se observaba el beso de Judas como en las realizadas en Nueva España.
En fin. Que la idea que comentó Chava coincidía con uno de los abordajes de la novela, que estaba dudando si adoptar o no. Dice:
Judas realmente nunca quizo traicionar a Jesús, sino que el plan de entregarlo era porque ya había visto de lo que era capaz y así cuando se lo llevaran, todos iban a darse cuenta de que en realidad era quien ellos creían, se hubiera aventado un golazo... Pero no pasó así. O sea, sí falló garrafalmente, pero no por las razones que todos piensan.
Y sí: creo que el error no estuvo en la traición, sino en dudar del perdón. Si en vez de ahorcarse, hubiera ido al pie de la cruz a pedir perdón, estaríamos hablando de uno de los más grandes santos del cristianismo. Pero “cuando ni el amor más grande logra entenderte”, tu destino aparece sellado.
Hubo dos factores que me hicieron posponer este proyecto: Uno, la duda con el lenguaje. Sí lo hacemos muy correcto para la época, se siente lejano y distante. Si lo hacemos contemporáneo, no está claro de quién estamos hablando. Y si actualizamos la historia a nuestros tiempos, traiciona la esencia.
Y el segundo… Ese tendrá que esperar al próximo martes, que merece un texto largo para sí mismo.
De cualquier manera, gracias al impulso de Chava y a los comentarios que llegaron como réplicas en el texto o por correo, noté que hay interés. “Es un personaje que despierta curiosidad, misericordia, tristeza, enojo… Pero que no te deja indiferente”, me dijo una lectora. “Ciertamente, su paso por el grupo apostólico, su conflicto interno antes, durante y después de la Pasión merecen más abordaje y detalle que un ‘y fue y se ahorcó’. Hazlo”. “Pedro… Pedro se me hace medio equis. Iscariote… Ese sí se me hace un personaje que vale la pena abordar”. Y, tal vez el más importante: “El arte no tiene que pedir permiso, no requiere una motivación. Tiene que ser artístico. Y eso implica explorar los miedos y dolores más profundos. Haz arte, carajo, ¡¡haz arte y deja de dudar!!” Y sí, es lo que hay que hacer.



Muy inspiradora la historia, e igualmente inspiradores los comentarios para esa novela. También me parece una historia digna de ser leída.
Siento mucho que no haya habido el apoyo que necesitabas en ese momento tan complicado de tu vida, tanto en lo personal como para la novela. Debe haber sido devastador, y entiendo que tal como mencionas, tu estado de ánimo permeó el enfoque de la novela. No podemos evitar vertir nuestras emociones en nuestros escritos.
Tal vez no era el momento para que naciera esa historia. O quizás ahora que ha reposado un rato en el cajón, puedas verla con nuevos ojos y cambiar aquellas cosas que hoy sientas que ya no van.
A veces incluso nuestro crecimiento personal se ve reflejado en los personajes. Y no podemos evitar identificarnos con alguno de nuestros personajes, debido a sus vivencias, experiencias o sufrimientos.
Admito que alguna vez me sorprendió que uno de mis personajes tuviera la fortaleza de resolver algo que en vida real jamás me hubiera atrevido a intentar.
Yo también tengo mi teoría sobre Judas: para mí también fue un hombre muy culto e inteligente, pero que al final enloqueció de desesperación al entender que su tarea resultaría la más dolorosa, pues una y otra vez su maestro les dijo que su reino no pertenecía a este mundo y había una única forma de cumplir con dicha misión no terrenal.
Y hay un suceso por el que Pedro no me parece un personaje tan soso: también él tuvo su momento de debilidad… y también falló la prueba. Pero a diferencia de Judas, él se arrepintió y creyó en el perdón de su maestro. Y también creo que aquello tenía una razón. Si hubiera seguido el mismo camino que Judas, la historia y la religión hubieran tomado un curso diferente. En lugar de ser el fundador de su iglesia, pasarían a la historia como un grupo de hombres débiles que se desbandaron en cuanto perdieron a su maestro. ¿Cómo cambia la historia, no?
Tomás también tuvo su momento de debilidad al dudar en la resurrección, y de perdón. Y eso también los hace más humanos, quizás si todos hubieran creído ciegamente, sin ese momento de duda, no los sentiríamos tan humanos, tan cercanos a nosotros.
Sentiríamos que con una sola vez que hubiera flaqueado nuestra fe, habríamos perdido esa capacidad de perdón y redención que la religión nos ha enseñado, y olvidaríamos que en algún momento de nuestra vida todos fuimos ovejitas pródigas que encontramos el camino de vuelta al redil.
Continúa escribiendo esa historia desde tu perspectiva, ya ves que hay varios lectores que la estamos esperando con mucho interés.
Un abrazo.
Un honor poder contribuir indirectamente, espero pronto poder leer completa la historia.