Cuando la vida deja de susurrar
Damiana mira por la ventana. Y nosotros también necesitamos parar.
Bonjour, queridos amigos, soy Hannelore Adler Gailwain robando el micrófono unos minutos. El viernes pasado dejamos a Damiana observando desde su ventana cómo sus amigos parecían aspirar a un ideal mientras ella permanecía atrás, entre sus canastas. Hoy continuamos hablando de la vida y de lo que sucede cuando no la escuchamos.
La vida primero susurra. Luego habla. Y si no la escuchamos, grita. El problema es que casi nadie atiende los susurros. Los tapamos con pantallas, con comida, con ruido, con planes, con frases como “ya se me pasará”, “es una etapa” o “no tengo tiempo para pensar en esto”.
La vida, al ver que no le hacemos caso, sube el volumen. Primero aparece como una sensación rara: no estoy mal, pero tampoco estoy bien. Después llega la apatía: cuesta ilusionarse, levantarse con ganas o disfrutar de lo que antes sí disfrutábamos. Luego se manifiesta en el cuerpo: un nudo en el estómago, presión en el pecho, tensión en la mandíbula, insomnio, irritabilidad o un cansancio que no se explica. Y si seguimos mirando hacia otro lado, llega el grito: una crisis, un bloqueo, una enfermedad, ese “no puedo más” que nos obliga a detenernos.
No escribo esto para asustar. Lo comparto porque muchas veces esperamos estar fatal para parar, que el cuerpo reviente para cuidarnos, que una relación se rompa para hablar o que perdamos la ilusión para preguntarnos qué queremos. No tiene por qué ser así.
En el proceso de escritura de Pan tibio y un beso de pólvora yo misma estoy en un punto donde escucho esos susurros. Llevo semanas avanzando con la construcción de mundo y pequeñas escenas, pero también siento que la vida me pide no forzar tanto el ritmo. Hace poco, después de una tarde larga de investigación sobre la víspera de la Revolución, me senté con una taza de café y noté que el cansancio no era solo físico. Era una señal. Necesitaba soltar un poco el control y dejar que las historias fluyeran. La de mis personajes, y la mía.
Esa misma tarde tenía pendiente una tarea de la certificación de coaching que estoy tomando, y el síndrome del impostor me susurraba que la guardara de vuelta en el cajón. La ignoré. Hice la tarea.
Me inspira mucho la forma en que Gonzalo J. Suárez P. y otros amigos escritores, los que me han empujado, leído, cuestionado y acompañado en este proceso, comparten sus propios momentos de duda con honestidad. Gonzalo nos habla hoy, desde su experiencia, de lo que significa acompañar a alguien hacia sus propios momentos “¡ajá!”. Yo estoy aprendiendo, precisamente, a hacer eso: a escuchar primero, y luego a caminar al lado de quien quiere un cambio real pero no sabe bien por dónde empezar, o que sabe perfectamente por dónde empezar y le tiene miedo.
Esa certificación es un entrenamiento para esto. Coaching, inteligencia emocional, herramientas para entender cómo pensamos y cómo nos frenamos. No recetas. Acompañamiento. Y la historia de Damiana y este espacio en Substack van a crecer junto a ese proyecto, porque al final tanto la escritura como el coaching son la misma práctica: aprender a no tapar lo que ya está intentando decirte algo.
Dato random del día: en la Revolución Mexicana, muchos de los susurros de descontento (cartas, reuniones secretas, pequeños actos de rebeldía) precedieron a los gritos armados. Igual pasa en la vida diaria y en la escritura.
Para terminar, un pequeño ejercicio: dedica cinco minutos hoy, sin distracciones. Siéntate, respira y completa en voz baja o por escrito: “La vida me susurra que necesito…” Luego pregúntate: ¿qué pequeño paso puedo dar esta semana para honrar ese susurro?
Quizá descansar una hora más. Decir que no a algo que no te nutre. Retomar un placer olvidado. O simplemente reconocer que llevas demasiado tiempo haciendo oídos sordos a esa llamada.
¿Qué te está susurrando la vida últimamente? Si gustas, puedes compartirlo en los comentarios o en privado. Me encanta leer sus dudas y descubrimientos.
Recuerden que hoy encuentran aquí la entrada de Gonzalo. Hasta la próxima.



Cuando la vida deja de susurrar te agarra a coscorrones para que dejes de ignorarla...
Bonita entrada Hannelore... Un saludo
Y otro para ti mi estimado Gonzo...