Cuando el gallo canta, el sol sale
De la fibromialgia, la mente, el cuerpo y sus supersticiones
Bonjour, queridos amigos, gracias por recibirme una vez más en este espacio que Gonzalo J. Suárez P. me brinda un par de veces al mes. El martes pasado hablé del eclipse y de algunas creencias y supersticiones que han girado a su alrededor a lo largo del tiempo; algunas han permanecido, bastante inocuas y hasta divertidas. Hoy quiero profundizar un poco más en la ciencia y la neurociencia detrás de algunas creencias que suelen afectarnos sin estar conscientes de ello.
Como saben, el hombre primitivo aprendió observando su entorno: la salida y puesta del sol, así como el cambio de las estaciones, le permitieron definir tiempos de siembra y cosecha, decidir qué plantas sembrar en cada época del año, así como calcular cuánta comida almacenar para subsistir en invierno.
Sin embargo, hubo cosas que siguieron siendo un misterio, como las enfermedades: no sabían por qué se propagaban y culpaban a deidades furiosas o a malos humores en la sangre. Pasaron muchos siglos para que descubriéramos que existen microorganismos causantes de muchas enfermedades, aunque todavía hay procesos corporales que nos resultan incomprensibles.
Un día una veterinaria y etóloga (la disciplina que estudia el comportamiento animal, algo que de forma muy simple podríamos llamar psicología canina) me dijo una frase que me voló la cabeza: “Los perros son supersticiosos”. ¿Cómo puede ser eso? Nunca he visto a un perro esquivando las rayas de la acera por miedo a la mala suerte.
Ella me explicaba que, cuando una persona pasa frente a mi puerta, los perros ladran y la persona sigue caminando y, con el tiempo, asocian el ladrido con ahuyentar a los extraños. Por eso mis cachorras salen corriendo a la puerta al menor ruido; son las guardianas de la casa y su deber es alejar a los extraños, sin importar si es el cartero, un perro camino al parque, un auto demasiado ruidoso o alguien que simplemente va silbando mientras se dirige a su trabajo. Claro, sabemos que se trata de condicionamiento y no de una superstición real; aun así, esta lógica se puede aplicar muy bien a las personas y algunas situaciones cotidianas.

Hoy quiero hablarles un poco más de la fibromialgia, una enfermedad crónica del sistema nervioso central que causa dolor generalizado en el cuerpo, agotamiento y problemas para dormir, entre otros, y su relación con la neurociencia, usando la misma metáfora con que nos explicó Ana González, fisioterapeuta y experta de nuestro grupo de fibroterapia IntegraSalut.
Imaginen al inicio de los tiempos a una persona que escucha al gallo cantar al amanecer y poco después ve salir al sol. Al paso de los días notó el mismo patrón: cada vez que cantaba, el sol salía, y se maravilló de esa criatura que hacía aparecer al sol. Y muchas veces hacemos asociaciones conscientes o inconscientes para intentar entender lo que nos sucede; por desgracia, no siempre acertamos. Muchas personas con fibromialgia lo han notado: hay síntomas que se activan en situaciones que carecen de sentido aparente.
Les pongo un ejemplo personal: hace tres semanas trabajé con ayuda de Cynthia, una de mis coaches, un plan para retomar mi ejercicio diario. Diseñamos una rutina de quince minutos diarios de caminata o yoga (o diez si aparecía un brote de fibro o mucho dolor) y anotamos en mi agenda los horarios que mejor me convenían. Terminamos la videollamada, me levanté para la primera caminata del día y, ¡oh sorpresa!, todo el cuerpo me dolía. Ya tenía esas agujetas que aparecen después de una sesión intensa de ejercicio y eso que todavía no había empezado. Mi cuerpo respondió al primer canto del “gallo”.
Y con el paso de los días surgieron más episodios de autosabotaje: suelo despertar entre las seis y media y siete de la mañana para mis actividades diarias y había agendado mi caminata a las ocho y media. Pues el resto de la semana no logré despertar hasta pasadas las diez… y cansadísima. Mi cuerpo entró en modo sobreprotector y no me dejaba despertar. Por suerte, el plan B era hacer la caminata alrededor del mediodía; con ese horario no hubo excusas, salvo un día que amanecí con una migraña espantosa y solo pude pasear por la tarde.
Sigo batallando con los “gallos”. Puedo salir a pasear con la familia un par de horas en el centro comercial sin molestia, pero cuando he salido a caminar en el parque, mi rutina de estas tres semanas, termino exhausta y necesito una siesta de una hora para recuperarme de esos quince minutos. Curioso, ¿verdad?
La neurociencia ha demostrado que muchas de esas reacciones del cuerpo y la mente se aprenden y también se pueden desaprender. En algún momento surgieron patrones de asociación que se quedaron grabados para protegernos y aún pueden seguir activándose aunque la amenaza ya no exista. Son atajos del cerebro que en su momento funcionaron, por eso el cuerpo puede anticipar el dolor o la fatiga antes de que el esfuerzo real comience. Lo bueno es que esos circuitos se pueden modificar con repetición consciente y un poco de paciencia. Es un camino lento, pero poco a poco voy reconociendo los cantos del gallo y aprendo a silenciarlos. Hace unos años, los perfumes me podían causar una migraña tremenda y tuve que buscar jabones y desodorantes con poco aroma (y pedirle a mi familia que usara poco perfume) hasta que mi cuerpo entendió que no eran un peligro.
Aún a veces alguien me puede rozar el brazo o se me queda pegada una hojita de perejil en la mano si cocino distraída y me aparece una urticaria y ardor como si me hubiera caído en un arbusto de ortiga; en cambio, me puede caer aceite caliente en la mano y no lo noto… Mi umbral del dolor sigue de cabeza. Como ven, quizás no enciendo siete velas para alejar la mala suerte después de romper un espejo, pero todavía tengo mis gallos. Tal como nos enseñó Ana, agradezco a mi cuerpo el cuidado de estos años; poco a poco voy aprendiendo a romper esos patrones que en su momento me protegieron y que ahora ya quedaron obsoletos.
El dato random del día: El cerebro humano es tan bueno asociando que puede crear supersticiones en cuestión de minutos: Hay experimentos de condicionamiento que muestran que bastan pocas repeticiones para que una persona empiece a evitar un estímulo neutro solo porque una vez coincidió con algo desagradable. Nuestro sistema de alerta a veces nos puede fallar. Un caso curioso es el de J. Edgar Hoover, antiguo director del FBI: en una ocasión su automóvil fue embestido por detrás al girar a la izquierda y el trauma y la ansiedad restantes fueron tan severos que sus choferes debían trazar rutas complejas que solo tuvieran giros a la derecha al conducir para evitar activar la fobia de su jefe.
¿Conocen a alguien que escuche el canto involuntario del gallo? ¿Les ha sucedido o han logrado silenciar alguno? Es más común de lo que parece; quizás esa aversión al té de manzanilla de algún familiar sea un gallo y no una excentricidad de la edad.
Si este tema les gustó, los invito a seguir conversando en mi Substack, donde Greta asusta fantasmas bajo la cama y las cachorras le ladran a mis gallos para que me pueda enfocar en la escritura. Los invito a leer aquí la reflexión de hoy de Gonzalo J. Suárez P.; no se la pueden perder.
Pórtense mal y hasta la próxima.

